viernes, 23 de diciembre de 2011

Relato corto para Adictos a la escritura "Navidades negras"


El cielo estaba nublado en aquella gélida mañana de un domingo día 25 de diciembre. Se escuchaba el silencio sólo roto por el respirar agitado y descompasado de Julius Straton. Su cara transmitía desasosiego, un desconsuelo infinito y una profunda tristeza que no podían sus ojos disimular. Esa mañana sería la última de su existencia; había decidido suicidarse tirándose de la azotea de un octavo piso del edificio donde residía; estaba asqueado con todo, ya no le quedaba nada por lo que luchar, estaba vacío de toda ilusión por vivir su frustrada e intrascendente, en su opinión, vida.
 La navidad, sinónimo para todos los mortales de diversión, regalos y confraternización familiar, para Julius era indicativo de penuria, tristeza y desolación; todos los acontecimientos amargos sufridos en su vida, al menos los más transcendentes, se habían producido, curiosamente, en navidad y pensó —qué mejor fecha para quitarme la vida que en estos días—.
 Julius, como a cámara lenta, hizo el esfuerzo, primero una pierna y luego la otra, de subirse con un respingo al saliente de la cornisa donde precipitarse al vacío; su mente estaba ensimismada en el terrible acto que se disponía a acometer y sus movimientos parecían mecánicos, como realizados por un robot programado para llevar a cabo su fin y, aunque no fue premeditado, se empezaron poco a poco a agolpar en su cabeza multitud de pensamientos que le parecían tan lejanos como si no los hubiera vivido ni sufrido él. 
 Curiosamente, el primer recuerdo que le vino a la mente fue ese día de navidad a la edad de seis años cuando su padre, con una sonrisa de oreja a oreja, le ayudaba a abrir la voluminosa caja de cartón que contenía como regalo su primera bicicleta: era de un color rojo brillante con manillar de toro y marchas en su cuadro asemejando una caja de cambios de un coche; recordó con gran claridad lo que sintió ese niño con su regalo más preciado, rememoró de nuevo aquel olor a tostadas y café recién hecho que salía de la cocina, la expresión de ternura en la cara de su madre; la sensación al probarla por vez primera de su sillín mullido, la libertad al notar el viento cómo arremolinaba su pelo cuando bajaba por la calle principal de su barrio, y de los momentos tan especiales vividos con ella. 
 Ese pensamiento idílico se tornó bruscamente en otro más sombrío, aquél que no pudo olvidar jamás y que marcó a partir de entonces toda su existencia. Ese muchacho feliz de doce años, jugando un 25 de diciembre con un coche teledirigido en el patio de su casa, mientras un patrullero de policía se paraba al otro lado de la calle y del mismo salía un Agente joven, alto y corpulento, impolutamente uniformado, con gomina en ese cabello rubio repeinado con raya a un lado que, con expresión apenada, venía a informar del desgraciado accidente del Señor y de la Señora Straton cuando su vehículo, al descontrolarse por circunstancias desconocidas, se despeñaba por la carretera comarcal al otro lado de la ciudad, —fallecieron en el acto, no sufrieron—, acertó a decir con clara tartamudez el Teniente, al que se le notaba a leguas lo difícil que le resultaba aquel encargo tan desagradable. 
 “Fallecieron en el acto”; esas palabras volvían a retumbar en su cabeza, su vida se había transformado como de la noche a la mañana en un instante, la mala suerte se había cebado con él sin compasión, quebrando a partir de entonces sus fuertes creencias religiosas, —un Dios bondadoso, magnánimo y sabio nunca hubiera podido consentir tamaña injusticia—, se fustigaba Julius cada vez que su mente se enfrentaba al recuerdo de la muerte de sus padres. 
 Los siguientes años agriaron definitivamente el carácter de por sí callado y tímido de John, estuvo hasta su mayoría de edad en el Centro Estatal de Adopción “Humpshare”, reconocido no sólo por su gran labor con los chavales huérfanos de cara al exterior sino también por su férrea disciplina, casi espartana, con los chicos que tenían la desgracia de vivir en ese lugar. El Director del Centro, Sr. Hilton, era un déspota y un autoritario hijo de puta, apelativos en cualquier caso cariñosos para lo que habitualmente pronunciaban los muchachos dirigiéndose a él; se podía leer a boli en las puertas de los lavabos las siglas “H.H.P.”. Nadie que trabajara allí supo nunca qué era lo que significaban, aunque era evidente la respuesta: Hilton Hijo de Puta.
 En ese momento, recordó los castigos que el Sr. Hilton le infringía por cosas nimias, como no sentarse derecho a la mesa o dejarse comida en el plato. El cuarto oscuro, que así era como lo llamaban, era su segunda habitación en el centro para Julius; un lugar cerrado, sin luz ni ventanas, con la soledad como única compañera y con un cuenco de algo pastoso que no supo nunca identificar, por su ausencia de sabor, como alimento dos veces al día.
 Se sentía inútil, acabado, más aún cuando le llegó a su mente el recuerdo del día de ayer; eso fue demasiado para Julius. Amaia, que era su novia y la persona a la que más quería en este mundo, rompió con él para siempre; estaba harta de sus depresiones continuas y de su mal carácter, por lo que cogió sus cosas y simplemente se marchó de su casa, no sin antes espetarle a la cara una frase lapidaria —contigo es imposible vivir, no me extraña que no tengas amigos, lo malo que te pase en esta vida te lo tienes merecido—. 
 De nuevo, sus ojos se le nublaron e irremediablemente brotaron de ellos  lágrimas de amargura. Se sentía sin nada que ofrecer a nadie y mucho menos a este mundo cruel del que desgraciadamente era parte. En ese momento quiso desaparecer, quitarse de en medio de una vez por todas; hizo el primer ademán para tirarse y  acabar así para siempre su tormento. Su mente, confusa y fatigada, le ordenaba  que acabase con lo que había venido a hacer, pero su cuerpo se quedó inmóvil, rígido y casi inerte ante la idea de su inminente muerte. Una sensación nauseabunda y un frío desgarrador se fueron apoderando poco a poco e inevitablemente de él; se aproximaba el fin y lo sabía, deseaba saltar y lo hubiese hecho de no ser por lo que a continuación sucedió, algo sorprendente y único que nunca antes había acontecido en su ciudad de clima templado incluso en invierno: pudo observar cómo del cielo se precipitaban pequeños copos de nieve que se deslizaban suavemente sobre su cara desnuda mientras le hacían tomar conciencia de que aún estaba vivo.
 La desesperación que hasta entonces había dominado sin control sus actos se había tornado, como por arte de magia, en una profunda paz, y la tristeza en alegría; no podía comprenderlo pero así es como sucedió; sentía amplificada y magnificada cómo corría por sus venas la sangre rica en oxígeno y de qué forma la misma bombeaba a ritmos acompasados su corazón; pudo observar cómo el mundo, aun siendo el mismo que momentos antes, le parecía diferente, más intenso, más brillante, más espectacular; se sintió importante, único y una idea redundante comenzó a adueñarse de su mente y de todo su ser: si era verdad que nevaba ocurría sin duda por él; los astros se habían confabulado para obrar el milagro de salvar una minúscula e insignificante vida y Julius pensó —quién soy yo para llevarles la contraria—. 

sábado, 17 de diciembre de 2011

Cosas que tanto odio (volumen 2)


Siguiendo con las cosas que tanto odio, podría decir que odio y mucho los que conducen por la izquierda en las autovías o autopistas, en las mayorías de las ocasiones circulando a velocidad más lenta de la permitida, ¿es que no se enteran que ese carril es exclusivamente para adelantar?. De igual forma, odio los coches loros, o sea aquellos coches con el volumen de la música a todo trapo, molestando no sólo a otros coches que se encuentran cerca de ellos sino además de los pobres peatones que deben sufrir, en la mayoría de las veces, ese “ruido” estridente que no se puede llamar melodía.
Odio mojarme las gafas en un día de lluvia, y aún con paraguas odio llegar a casa con los bajos de los pantalones mojados. Odio coger la moto un día de lluvia, más que odio siento un poco de canguelo que me produce al pensar que vaya a caerme con el firme lleno de agua, sobre todo al paso de las lineas pintadas.
Odio ver perder a mi equipo, la violencia en el fútbol y el comprobar que el “trencillas” de turno, dícese del árbitro vestido de negro, amarillo o rosa, trate de modo diferente, sin motivo aparente, a uno y otro equipo.
Odio intentar hablar en un grupo de personas y no sea capaz porque los demás no me dejen.
No veáis como odio, y cambiando de tema, estar en un supermercado y que no haya carros de la compra, teniendo que utilizar esos carritos de plástico de dos asas que te dejan la espalda para muy pocos trotes, pero lo que odio más aún es al pedir bolsas de plástico para introducir la compra en la caja y que éstas no se abran por estar literalmente “pegadas”, sobre todo cuando hay personas esperando su turno y pensando “menudo idiota será que no es capaz ni de abrir una vulgar bolsa, madre mía como lo odio.
Odio que en el trabajo, esto ocurre habitualmente cuando más cosas tengo que hacer y poco tiempo para hacerlas, se me bloquee el ordenador o me vaya tan lento que me sea imposible trabajar.
Desde un punto de vista escatológico, y so pena de afectar sensibilidades, odio y mucho estar en casa ajena, por ejemplo en casa de los suegros, y tener tanta gana de ir al baño y aguantarme por vergüenza a que por casualidad alguien entre posteriormente a hacer mi trabajito en dicho baño y se tope como quién no quiere la cosa con esos “olores que alimentan”.
No es odio pero me exaspera cuando escucho hablar en alemán, es superior a mi, las carnes se me ponen como escarpias con esos sonidos y esas entonaciones, en definitiva no lo soporto. Esto no se porqué me ocurre y por supuesto no tengo nada en contra de ese país ni sus nacionales, no se me entienda mal, es simplemente una apreciación completamente subjetiva y supongo que a nadie más le ocurre.
Odio discutir y que la gente que está a mi alrededor discuta, no al estilo Sheldon Cooper de la serie The Big Bang Theory, pero casi.
Odio que me suene mi móvil por un asunto de trabajo los fines de semana o fiestas de guardar.
Tengo que reconocerlo, odio el sentido mercantilista de estas fechas navideñas, el tener que comprar “por obligación” los regalos porque a “El Corte Inglés” y otras se le ocurrió que en diciembre había de gastarse “los dineros” en esos menesteres. Y hablando de esto, odio los spots publicitarios a todas horas de colonias, juguetitos de niños y demás, realmente no lo soporto.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Relato corto "La verdad oculta"


Sus manos estaban manchadas de sangre, de sangre sucia, pringosa, sangre roja oscura casi negra, espesa, en la frontera de la absoluta coagulación, se encontraba postrado en el suelo, en cucliillas, no sabía que había pasado, sus músculos no reaccionaban a las ordenes de su cerebro, estaba inmóvil, quería gritar, gritar bien fuerte, pero sus palabras desgarradas se ahogaban sin posibilidad de salir de su boca reseca, miraba más no veía, la escena dantesca a su alrededor se mostraba frente a sus ojos desenfocada como en un pase de película antigua, deseaba escapar, evadirse de aquel lugar pero su conciencia si algún día la tuvo ya no respondía a ningún estímulo.
Pasaron horas o quizás minutos, no supo discernir cuanto tiempo hubo transcurrido, la sensación nauseabunda volvió y se sintió a morir y pensó que todo lo que quiera que ocurriera fuera un sueño, un mal sueño en noches oscuras y sombrías de invierno, y viajó, sí, viajó sin saber como al cerrar los ojos a un prado de un verde casi irreal, el sol se encontraba en lo alto del cielo manifestándose grande y majestuoso, haciéndose notar, podía andar y moverse a libertad. Observó una mariposa de colores vivos y extraordinarios y empezó a seguirla primero con la mirada y luego corriendo con decisión hacía ella, pudo hasta tocarla un instante con sus dedos, al oído de una vocecita se volvió y comprobó con satisfacción que aquella voz pertenecía a un niño moreno y pecoso con amplia melena, ojos redondos color miel y carita de pillo que le sonreía y pronunciaba con gran emoción una palabra, “papá”, si, empezaba a recordar, tenía una familia y ese sin lugar a dudas era su hijo, le cogió de su mano temblorosa, casi etérea, y ambos empezaron a tararear una vieja canción de cuna que su madre le cantaba de crío “Así es, así es, un niño bueno serás, si eres obediente recompensa tendrás, lalala”, la felicidad le traspasaba, invadía e inundaba por cada poro de su cuerpo sin que hubiera posibilidad de resistirse ante tamaño gozo, pero esa estampa idílica de un paraíso terrenal duró bien poco, lo que anteriormente eran prados brillantes y un sol maravilloso se tornaron en cuestión de segundos en noche cerrada, las primeras gotas de lluvia comenzaron a caer casi imperceptiblemente para luego convertirse en una estruendosa manta de agua cayendo violentamente a modo de tormenta eléctrica con rayos y truenos que lo empezaba a inundar todo, su hijo que se encontraba a su lado ya no estaba, ¿como era posible?, ¿donde se había escondido?, miró por doquier, a un lado y a otro, y así una y otra vez, en actitud nerviosa, pero no lo halló, se había esfumado como en los trucos de magia cuando el mago con enorme sombrero y varita en mano hacía desaparecer con retumbe de tambores tras un espeso humo a la chica de turno, se sentía ahora sólo y desamparado como nunca antes. Divisó entonces unas pisadas en la tierra húmeda que empezaba poco a poco a enfangarse, eran sin duda pisadas de niño, quizás incluso de su hijo, de quién si no y, sin pensarlo dos veces, las siguió como el indio que sigue el rastro del búfalo a cazar, no eran muy profundas y apenas se distinguían en ese prado mojado pero sabía que no podía dejar de seguirlas, y finalmente, esas pisadas se perdieron a la orilla de un lago tenebroso, sintió entonces un miedo irracional casi primitivo del hijo perdido y no encontrado, la lluvia ya le calaba hasta los huesos, la podía sentir como parte de su cuerpo empapado y quiso entonces guarecerse por puro instinto y a la carrera buscó a su alrededor un lugar donde encontrar cobijo cuando a lo lejos divisó, no sin esfuerzo una casa que le era familiar aunque desconocía la razón de aquella sensación, había luces dentro una vez hubo llegado al porche de su entrada y sin pensárselo un momento se aproximó al picaporte de la puerta y con un golpe seco la accionó, comprobando no sin sorpresa que la puerta se abría y como si de su casa se tratara hizo, sin pensar, mecánicos movimientos con los pies embarrados frotándolos sobre el felpudo de la entrada donde se podía leer la palabra “welcome” y haciendo suya la expresión, entró.
El hall de entrada que daba al salón se encontraba iluminado, una lámpara de seis bombillas que asemejaban a unas velas pendía del techo como dándole la bienvenida, el recibidor era discreto y sólo se vislumbraba un mueble antiguo aunque bien conservado con marcos de fotos en su repisa, todas ellas de paisajes de distintos lugares reconocibles para él, sin que sorprendentemente apareciera ser humano alguno, en el salón un sofá enorme de unos cuatro metros y una mesa cuadrangular de diseño, también antigua, presidían la estancia, observando que en dicha mesa habían dos copas de vino tinto casi acabadas así como restos de ropa de hombre y mujer desperdigados por el suelo. No supo como pero su instinto le decía que debía adentrarse en aquella casa y desentrañar un profundo secreto que se resistía a salir a la luz. Con paso firme y decidido se fue aproximando a un pasillo que servía de distribución para las habitaciones, sabía que debía dirigirse a la habitación del fondo pues de ella salían voces huecas y ruidos de gemidos. Al aproximarse al umbral de la puerta tuvo miedo, como si no quisiese conocer que era lo que se escondía tras ella pero finalmente miró, era su mujer, sí, su mujer y un tipo alto y musculoso desnudos haciendo el amor brutalmente en la cama de matrimonio, sin pensarlo dos veces se dirigió a la cocina y tras abrir el cajón de los cubiertos sacó de el un cuchillo jamonero de enormes dimensiones con una sola idea en la cabeza, no podía consentir tamaña infidelidad y la traición que acababa de sufrir, la ira le embargaba sin que pudiera reflexionar en lo que era mejor y oportuno en esos momentos.
Sus ojos nuevamente se abrieron, seguía estando en cuclillas reposando el tronco de su espalda sobre los talones y sin poder mover un músculo de su cuerpo, mareado, muy mareado, pensó, —Dios mío, que he hecho, ¿he sido capaz de asesinar a mi mujer y su amante sin compasión?; no, no puede ser, ha sido un sueño, un mal sueño, y mi hijo, ¿donde está mi hijo?, ¿maté a mi hijo también?—. En ese momento tuvo un flash de lucidez y le vino a su mente la experiencia de una sensación extraña y repugnante, el introducir la hoja fría de cuchillo una y otra vez, sin cesar, en carne inerte, sin vida, mientras salía a borbotones gran cantidad de sangre caliente; —es imposible, yo no soy un asesino, quiero vivir en paz en ese prado verde en compañía de mi hijo para siempre, para siempre—.
Ruidos y gritos por doquier, unas personas que no supo en ese momento distinguir entraban y salían de la habitación y finalmente con gran determinación se lo llevaron en camilla de allí, le hablaban pero ya no escuchaba, era como ruidos disonantes sin ningún sentido, no cabía vuelta atrás, había perdido por completo la cabeza para no recuperarla nunca jamás, su cerebro dijo basta de tanto sufrimiento, todo lo ocurrido y la posibilidad cierta de ser un asesino capaz de sesgar la vida de su mujer e hijo fueron demasiado para él, y se quedó en su mundo sin retorno de ensoñaciones donde era feliz en compañía de su niño amado en ese paradisíaco prado verde de brillante sol.
Pobre infeliz, nunca supo la verdad de lo ocurrido, él tenía razón, no era un asesino. Aquella aciaga tarde llegó a su hogar más temprano de lo normal, su Jefe le había permitido marcharse antes, la semana había sido dura pero sobre todo muy fructífera para la empresa donde trabajaba, gracias a su esfuerzo y dedicación se había conseguido un cliente que les reportaría pingues beneficios, sobre todo para los dueños, —que menos—, pensó él, que le permitieran salir tres horas antes de la estricta jornada laboral que desde hacía diez años le ligaba. No era habitual ni mucho menos esa actitud para sus empleados pero ese día supongo que su Jefe se sentía feliz y generoso, quién sabe, lo cierto fue que esa generosidad resulto ser su perdición.
Al llegar a casa su instinto le dijo que algo no iba bien, observó dos copas de vino tinto casi acabadas en la mesa del salón, unas prendas tiradas por el suelo y unas voces huecas que provenían directamente del dormitorio principal, corrió hacia allí y al entrar se le cayó el mundo encima, no podía creerlo, era su mujer desnuda con un hombre haciendo el amor en su cama, en la cama donde se acostaban cada noche, —¿podría existir tamaña traición?—, su primer pensamiento fue de matarlos, primero a uno y luego al otro, a sangre fría, con ese fin se desplazó sin hacer ruido a la cocina para conseguir un arma lo suficientemente potente para ese cometido, encontró un cuchillo jamonero y lo cogió pero no pudo traspasar el umbral de salida de la cocina, no era un asesino, se postró sobre el suelo y pensó ¿que me queda en esta asquerosa vida?, un trabajo del que no estaba orgulloso ni se sentía feliz, una esposa infiel, la nada, con este pensamiento se cortó las venas, su vida ya no tenía sentido y esta experiencia amarga sería su final, lo demás fue fruto de su imaginación y de la falta de la sangre que brotaba de sus heridas sin que nadie pudiera impedirlo. Pasados varios minutos de aquello, el amante de su mujer queriendo reponer fuerzas de una tarde loca, se encontró con la escena al entrar en la cocina, —vaya mala suerte había tenido, quién le llamaría echar un polvo con una mujer casada, ni siquiera era mi tipo, ¡tierra, trágame!—, reflexionó desconsolado. Llegó la ambulancia pronto y se llevaron al moribundo de allí, pudieron salvarle la vida pero su mente ya nunca más se recuperaría. 
La razón de que su hijo moreno y pecoso no estuviera en la casa cuando ocurrió todo tenía una explicación dramática, este niño feliz y travieso, murió ahogado hacía dos años mientras jugaba cerca de un lago al lado de una casita que alquilaban en verano cuando aún la vida les sonreía, ese día debía haber estado con él pero desgraciadamente no estuvo, se quedó en el cobertizo de la casa arreglando una lámpara de seis bombillas a modo de velas que desde hacía unos días no funcionaba, el sentimiento de culpa nunca le abandonaría y probablemente esa fuera la excusa perfecta en un estado de desesperación absoluta para decidir acabar con su vacía vida. 

Cosas que tanto odio


Lo reconozco, hoy me he levantado con el pié izquierdo y me he decidido a escribiros un post sobre las cosas que odio, algunos os mostraréis identificados con lo descrito en este artículo, otros en cambio no, para gustos colores.
No sé si os ha pasado alguna vez pero odio la tensión que se produce dentro de un ascensor, sobre todo si es pequeño y hay varias personas dentro, nos mostramos nerviosos, como si fuera necesario hablar o decir algo, una sensación extraña pero que te deja con un desasosiego difícil de describir.
Odio, y mucho, encontrar una caca de perro en la calle, y os podéis imaginar cuanto odio si esa caquita la piso sin darme cuenta, pero odio mucho más, como un millar de veces más, la falta absoluta de civismo cuando el dueño del perro deja a conciencia y sin importarle lo más mínimo la caquita o cacota para que otros puedan toparse con ella.
Siento odio cuando voy a pedir a la barra de un bar o cafetería y soy invisible a los ojos “expertos” del camarero de turno, sobre todo cuando otro cliente llega después de mí y es servido de inmediato.
Odio las colas que se producen en una ventanilla de un Organismo oficial o sucedáneo, pero odio más aún si al llegar a ser atendido el/ chico/a se encuentra hablando por teléfono con su madre o amiga sobre que ropa comprar sin importarle la falta de educación e indecencia que supone el hacer esperar a las personas por esa estupidez que nada tiene que ver con su trabajo. Además odio a aquellas personas que se dedican a la atención al público y sean secas, malajes o saborías, o simplemente se comporten de manera chulesca por el cargo que desempeñan, no se enteran que en la mayoría de las veces sus ingresos provienen directamente de nosotros que pagamos impuestos.
Me repulsa y por ello siento odio de aquellas cadenas de televisión en las que siempre están discutiendo a grito pelado y aquellas otras que mercadean con la vida, decente o indecente, de los demás, o las que, en cambio, conceden grandes cantidades de dinero a familiares de asesinos confesos para hablar de ellos.
Siento un profundo odio por aquellos “jefes” que se dedican a hacer la vida imposible a sus subordinados, y más aún cuando no valoran lo que realmente valen sus trabajadores, o simplemente no les pagan lo que se merecen.
Odio profundamente a aquellas personas que por tener éxito son capaces de poner zancadillas a los que encuentran a su paso e incluso pueden llegar a vender a su madre por conseguir sus objetivos.
Siento repugnancia de aquellas personas que no sufren tirando ingente cantidad de comida en su casa mientras otros muchos se mueren de hambre en distintos lugares no tan alejados de ellos.
Odio, y mucho, a aquellos pseudo-amigos que se han pasado años sin interesarse por nosotros y un santo día te llaman porque necesitan pedirte un favor.
Odio la falta de educación, odio al que no contesta nada a los buenos días, odio al que se cree superior a otro ser humano, odio al que es capaz de hacer daño, cualquiera que sea, a una mujer o a un niño, y sobre todo, odio profundamente al que se lucra del daño ajeno, a los violadores que doblegan a personas inocentes a hacer su voluntad y a los proxenetas que utilizan a pobres chicas, en la mayoría de las veces engañadas y amenazadas, para ganar dinero.

En definitiva, odio a esta sociedad corrupta y malintencionada en la que nos ha tocado vivir que premia a los chorizos de guante blanco sin corazón ni sangre en sus venas en detrimento de aquellas personas honestas que luchan día a día con sudor y lágrimas para sacar adelante a su familia.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Atando cabos (cuarta parte)


Julia, dejando traslucir unos sentimientos anteriormente dormidos, miró a John a los ojos y con expresión apenada comenzó a hablar: John, me hiciste mucho daño, casi me destrozaste la vida, ¿supiste siquiera que pasó conmigo tras la ruptura?, ¿te enteraste que me llevé como cinco años sin ganas de vivir, sin querer hacer nada?, por aquel entonces perdí tanto peso que los médicos dudaron seriamente de que pudiera recuperarme, el mal de amor no se cura si ella no lo quiere, decían, me cambió totalmente el carácter, me volví huraña, no quería hablar con nadie, no quería relacionarme con nadie, no quería comer, sólo quedarme en la cama y llorar en silencio. Tonta de mi, creí que me querías y que nada ni nadie podría separarnos pero la triste y cruda realidad cayó sobre mi conciencia sin remisión, poco a poco me iba dando cuenta que lo vivido era una burda fantasía, que tu nunca me habías querido y que habías jugado conmigo, eso fue lo más duro, incluso pensé que mi vida no tenía sentido e intenté quitármela, mi torpeza y la suerte probablemente hicieron que no tuviera éxito en ese empeño. 

Descansó unos segundos y ahora más pausada prosiguió: Mi familia, al comprobar que no iba a mejorar si me quedaba entre esos muros de la casa familiar, decidieron cambiar de residencia y comenzar una nueva vida, lo hicieron por mí, lo hicieron por mi vida, pasé varios años fuera de Europa en compañía de los míos, de los que nunca me fallaron, mis padres. Empecé muy poco a poco a comer, a salir, a relacionarme con los demás, y fui yo quien tomó finalmente la decisión de volver, no podía ser tan egoísta de separar a mis padres de su tierra y de los amigos ganados con tesón durante toda una existencia, ya me encontraba mucho más fuerte, con más ganas, me recuperé en apariencia aunque el daño ya estaba hecho, incluso me juré a mi mismo que nunca más me enamoraría, y a fuerza que lo cumplí hasta que llegó a mi vida casi por casualidad un hombre bueno que me quiso sin condiciones, sin pedirme nada a cambio, Ignatius, mi marido. Julia, dejando traslucir sin poder evitarlo unas lágrimas de desconsuelo que se derramaban por su piel blanca e inmaculada y con una tristeza en los ojos que John no había visto antes, le dijo: ¿Me preguntas si puedo perdonarte? No, no puedo hacerlo.

Ante la rotundidad de las palabras de Julia y el profundo pesar que había puesto en ellas, John se encontró completamente indefenso como caballero que se enfrenta a su rival sin más armas que su escudo y su armadura de parapeto, no tenía argumento capaz por si solo de voltear la decisión tomada más que exponerle la verdad, no quería hacerlo, no deseaba mirarse y sentir lástima en los ojos llorosos de la que fue su amada pero no le quedaba más remedio y así lo hizo: Julia, no pretendía decírtelo pero me muero, la razón de que esté ahora aquí después de tanto tiempo tiene una explicación, tengo un cáncer maligno en el cerebro que crece día a día, no me queda mucho tiempo de vida y si salgo de esta casa sin tu perdón el sentimiento de culpa que desgarra como cuchillas afiladas mis entrañas acabará conmigo, fui un niñato, un gañán, un maldito inmaduro y todos los insultos que se te ocurran, me los tendré bien merecidos, me equivoqué y lo he pagado toda mi vida, te hice mucho daño, un daño que no merecías y te aseguro que si pudiera volver atrás en el tiempo te hubiera hecho la mujer más feliz de la faz de la tierra, pero no puedo hacerlo, por favor dime que me perdonaras o de lo contrario me moriré no del tumor y si de la pena. Ambos se abrazaron y lloraron como si no hubiera un mañana, no se dijeron nada más, no hizo falta, John había conseguido su perdón pero no se sentía curiosamente feliz, lo que pudo sacar en claro de su visita a Julia es que los actos dan lugar a consecuencias, algunas más dañinas que otras, y que su vida no había valido para nada más que para crear mal y destrucción, sus logros, que los tuvo y muchos, sobre todo a nivel profesional, se empequeñecían ante la imagen vil de un ser capaz de poder cambiar la vida de otra persona hasta hacerla casi perecer o modificarla irremediablemente para siempre.   

Falta de valores


Esta última semana hemos asistido despavoridos ante una noticia que se hizo eco en muchos periódicos y programas de televisión, una señora cuyos hijos se encuentran parados devuelve una cartera a su legítimo dueño conteniendo la friolera cantidad de 16.000 Euros.

Este hecho me ha dado mucho que pensar, la noticia era que la ha devuelto, vamos que nos estaban diciendo desde todos los puntos informativos que esta buena señora se volvió loca con este gesto tan altruista. Ciertamente, estamos viviendo unos años de absoluta falta de valores, la honradez, el honor, el cumplimiento de la palabra dada, el no engañar ni mentir, el no quedarse con algo que no es nuestro, son, a mi modo de ver, virtudes que no aparecen en los actuales libros de texto, forman parte de los libros de historia, sencillamente no existen, y todo esto tiene mucho que ver, a mi modo de entender, con nuestro sistema educativo y más aún en los valores que en la actualidad conculcan unos padres a sus hijos, padres que están tan ocupados en sus quehaceres laborales y en amasar dinero para comprarse el mejor coche o la mejor televisión que descuidan una parte importante de la educación de sus hijos, y trasladando esta idea al resto de la sociedad en general, lo único que se consigue es que la misma en su conjunto se encuentre viciada, corrupta.

En este punto deseo poner un ejemplo descriptivo de lo que ocurre actualmente en la sociedad, según yo lo veo, antes cuando yo estudiaba en la clase solía haber un niño o a lo sumo dos que podríamos denominar de “malos” o “traviesos”, niños que no estudiaban ni querían aprender, eran la manzana podrida, la excepción. Ahora, me temo, la manzana podrida ha contagiado a la cesta y lo que antes era la excepción se ha convertido casi sin darnos cuenta en la regla general, y mis preguntas y las que todos deben hacerse a partir de ahora son ¿queremos realmente entre todos cambiar esto?, ¿es demasiado tarde?. 

domingo, 30 de octubre de 2011

Aviso a navegantes

     Aviso a los lectores de mi blog, a partir de ahora no publicaré más artículos sobre una de mis aficiones, el fútbol y el Sevilla F.C. Todos los artículos que pueda hacer desde este momento sobre esta temática los publicaré en la página www.elsevillista.net, derivado de la colaboración que mantengo con este blog, dedicando todo mi esfuerzo para "Las cosas de jacstite" en la creación de artículos de opinión o relatos cortos y, en definitiva, para todo lo que se me ocurra y desee que sea escrito.

sábado, 15 de octubre de 2011

Los anónimos

Estas semanas hemos vivido atónitos como grandes hombres han fallecido, me refiero a la muerte de Steve Jobs, ex-CEO de Apple, y Dennis Ritchie, creador entre otros logros del lenguaje de programación Unix y lenguaje C. Eran personas que no conocíamos, con los que nunca habíamos conversado y no nos ligaba a ellos ninguna relación ya sea personal como profesional, pero no obstante le reconocíamos su valía, su lucha por lo que creían había tenido recompensa, probablemente casi sin habérselo propuesto habían cambiado el mundo como ahora lo conocemos, y debo reconocer que como yo otros han sentido sus muertes.

Este artículo no va dirigido a ellos y si me quiero referir y detenerme a reflexionar en los tantos y tantos hombres o mujeres anónimos que han fallecido, que han dejado parejas, amigos, hijos o nietos sin el consuelo de su compañía. Estos “anónimos” sin duda no han creado sistemas de comunicación entre el hombre y la máquina, ni tampoco han sabido divisar el futuro de la informática haciéndola presente y asequible para todos, éstos para mi también son importantes, son los que alguna vez nos trajeron el pan o la leche a casa, los que con su esfuerzo lograron atajar la avería del baño, los que lograron que pudiéramos ver la tele anteriormente estropeada, los que nos vendieron el periódico cada mañana, aquellos que nos convencieron con sus sabios consejos para tomar un camino determinado en la vida cuando sin sus palabras nos hubiéramos equivocado, en definitiva estos hombres y mujeres son merecedores como los que más a recibir el reconocimiento y agradecimiento de todos y, desde mi humilde blog les hago este homenaje sincero a unos “anónimos” con respecto al resto de la humanidad que como Jobs o Ritchie hicieron con su esfuerzo callado un mundo mejor.

sábado, 8 de octubre de 2011

Atando cabos (tercera parte)


John se encontraba tremendamente excitado y nervioso en el tren mientras viajaba camino de encontrarse con su amada tiempo atrás Julia; Intentaba, como si un discurso de investidura se tratara, memorizar palabra por palabra, frase por frase lo que quería decirle y que sonara bien, pero tenía cierta inquietud y desasosiego por el hecho de desconocer la reacción que ella pudiera tener al escuchar de su voz esas palabras, y eso lo ponía enfermo casi más que el dolor de cabeza que nunca le abandonaba, lo que si tenía claro es que no iba a marcharse del lugar sin que ella lo hubiese perdonado. De ese modo, la media hora que duraba el trayecto se le pasó tan rápido que cuando quiso darse cuenta el tren de cercanías ya había llegado a la estación de destino.

John conocía con todo lujo de detalle donde vivía Julia, siempre y cuando su buen amigo Irving no hubiera equivocado la dirección, Borgiueau, era la localidad donde había nacido y pasado toda su infancia y adolescencia hasta que decidió marcharse a la capital a estudiar empresariales, con períodos puntuales de estancias cortas en la casa que fue de su familia, por lo que aunque habían pasado como veinte años desde la última vez que estuvo allí, John pensaba que su pueblo, pequeño en extensión pero grande en vivencias, no había cambiado lo suficiente como para perderse por sus plazas y calles estrechas. Eso pensó hasta que se aproximó con paso firme a su Plaza Mayor, el centro del pueblo, comprobando, no sin satisfacción, que Borgiueau era otro, se había transformado en algo más moderno pero sin perder, a su entender, la idiosincrasia tan característica de aquella zona del norte de Perteñan. La Plaza parecía como si hubiese crecido a lo ancho y a lo alto a como la recordaba, su fisonomía rectangular se había modificado introduciendo arquitectura de casas de de dos plantas de hermosos ventanales y balcones de hierro forjado, a cada cual más singular, que la dotaba de un halo especial de romanticismo que impregnaba cada lugar al que el visitante quisiera fijarse. John enfiló la calle del fondo de la plaza y a escasos 150 metros se mostraba grandioso un caserón de robustos pilares y un enorme portalón de madera que flanqueaba la entrada, sin dudar un momento esa debía ser la casa que había venido a buscar. John, con expresión tensa en su rostro, respiró hondo unos tres segundos y tomó la decisión de llamar a través de un extraño y hermoso llamador de hierro que se asemejaba a un querubín alado. Toc Toc, sonó un ruido seco pero intenso que hizo despertar la aparente tranquilidad del lugar, se oyeron unos pasos y la puerta lentamente se abrió.


¿Que desea?, contestó de manera cortés y educada un hombre de mediana edad, alto y fornido pero a la vez delgado, con poco pelo y con una expresión en el rostro que denotaba cierta nobleza, se podía decir que en apariencia tenía una cara de buena persona, inspiraba confianza, a lo que John le contestó: Perdóneme, buenas tardes, me llamo John Brown y vengo buscando a una vieja amiga, Julia Swchumith, me habían comentado que vive en esta dirección. Entonces el tono de voz del hombre se tornó más grave y sus ojos comenzaron a transmitir una mezcla de tensión, temor e ira difícilmente descriptible; el hombre, tomándose unos segundos antes de contestar empezó a hablar: Se muy bien quién es usted, mi esposa Julia me habló de lo que pasó entre vosotros y no se si ella querrá hablar con usted después de lo ocurrido, y si le soy sincero si me preguntaran mi opinión yo no permitiría que la viera, no obstante espere aquí en el rellano a que hable con Julia.

Habiendo transcurrido perfectamente varios minutos que a John le parecieron eternos, el hombre de nuevo volvió y con cara de pocos amigos le dijo: Acompáñeme, Julia le recibirá, ella está en el jardín de detrás de la casa; cuando hubieron llegado al jardín, el hombre se dio media vuelta y sin pronunciar una sola palabra se marchó, dejando solos en la estancia a Julia y a John.

Julia, abandonando plácidamente en el suelo una planta de bonitas hojas a la que había cortado sus tallos secos miró a John como si quisiera escudriñar las razones ocultas de encontrarse allí, y con actitud fría y seca le dijo: John, ¿que haces aquí después de tanto tiempo?, ¿que debo esperar de tu visita?. John, que pretendía recordar las palabras que momentos antes en el tren había memorizado, no podía dejar de mirarla, la jovencita inocente de antaño se había convertido en una señora que no había perdido un ápice de su extraordinaria belleza, su pelo rizado algo grisáceo pero deslumbrante, sus ojos con la misma tonalidad de azul, en definitiva todo su rostro resplandecía como una diosa a la que adorar, lo cual llevó a John a un estado entre la nostalgia y el sentimiento de culpa que le impidieron ni tan siquiera recordar lo que con tanto entusiasmo horas antes repetía, no le quedaba otra que improvisar, y armándose de valor así lo hizo: Julia, he venido aquí expresamente a verte para decirte algo muy importante, ya se que puede ser demasiado tarde, treinta y ocho años tarde, pero debía venir, no podía dejarlo por mas tiempo, es mi deseo pedirte perdón por todo el daño que te hice, fui un insensato y un inmaduro, probablemente no te mereciera, pero ya no puedo cambiar el pasado, yo te quería incluso cuando te dejé, que imbécil dejarme influenciar por el que creía mi amigo Henry, eso lo supe después. He pensado mucho en ti todos estos años, a mi vida de éxitos profesionales siempre le faltó una mujer que creyera en mí y me quisiera, tuve otras mujeres, no puedo engañarte, pero con ninguna de ellas pude sentir lo que sentí contigo. No he venido aquí para llevarte conmigo y revivir el amor que yo con mi inmadurez me cargué, que osadía sería, ya se que estas casada y seguramente seas muy feliz en tu matrimonio, no es eso, solo quiero dejar atrás la carga de culpa que corroe mi corazón, y ésta únicamente puede redimirse con tu perdón, Julia, por favor, ¿puedes perdonarme?.

jueves, 6 de octubre de 2011

Jobs no ha muerto

Este post esta dedicado al gran Steve Jobs y no, no me he equivocado, los grandes genios realmente aunque no estén con nosotros seguirán vivos en nuestro recuerdo, en las cosas que intentaron y con esfuerzo consiguieron, en las obras que en vida lograron sacar adelante.

Mi articulo es un homenaje, humilde eso si, a un gran hombre, a la persona que por si solo nos ha hecho cambiar la concepción que teníamos de la informática y de los aparatos electrónicos, y con su esfuerzo y dedicación supo influenciar a muchas generaciones aunque no tuvieran la suerte de conocerlo, por eso yo le digo GRACIAS, y lo hago a conciencia desde un IPhone 4.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Atando cabos (segunda parte)

Aquella noche John no podía dormir, todo lo acontecido aquel día, los nervios, la angustia de su pronto final y la misión que se había propuesto llevar a cabo no le dejaban conciliar el sueño, los recuerdos le martilleaban sin cesar en su cabeza, instantes de una vida mejor cuando aún era joven y el mundo se postraba a sus pies como pidiendo clemencia, Julia, la bella Julia, después de tanto tiempo se mostraba ante sus ojos como aquella cria inocente pero con una madurez impropia de su edad, y sin saber como John empezó a recrear de nuevo su historia con Julia antes de finalmente caer rendido ante los brazos de Morfeo.

John conoció a Julia en una calurosa mañana de domingo a la salida de misa, nada más verla supo que tenía que hablar con ella, su pelo negro, corto y rizado del cual pendía un pequeño tirabuzón que le caía graciosamente por su cara pecosa, parecería visto por un observador avezado como si jugara con el viento, como si ambos (cabello y viento) tuvieran un acuerdo secreto para que aunque rugiera sin control, como era el caso, su pelo se manifestara a la vista de todos perfecto. John, a la edad de 21 años era un chico alto, delgado y corpulento, no excesivamente guapo aunque se podría decir que era bien parecido, lo cual unido a su exquisita educación, cultura y sus dotes lingüísticas innatas le comportaban un atractivo difícilmente explicable pero que en definitiva le resultaba provechoso para su trato con las mujeres. Al acercarse a ella, la aparente belleza que Julia desprendía de lejos se hizo aún más patente al vislumbrar con mayor detalle esos ojos grandes de un azul claro precioso que la hacían irresistible; John se presentó y le indicó si era posible invitarla a un café pues esa mañana tan soleada merecía ser disfrutada, esta frase en boca de John no sonó en modo alguno descortés o vulgar, más bien todo lo contrario, y Julia, solicitando permiso a sus padres que estaban a su lado, asintió mostrándose por primera vez en ella esa media sonrisa suya tan característica y que a John le gustaba tanto. Desde ese instante se hicieron inseparables.

Estuvieron juntos como dos años y aunque pudiera parecer poco, para John esos años marcaron para siempre su existencia, podría decirse que Julia fue su primer y gran amor de su vida, John siempre fantaseaba con la idea de que algún día se encontraran de nuevo, casi por sorpresa, y el amor que antaño los había unido volviera a unirlos ahora, pero su afanosa vida y su ambición desmesurada nunca le permitieron pararse a pensar en lo verdaderamente importante, acostarse a la noche y levantarse al día siguiente al lado de la mujer amada; La razón de la ruptura fueron en cualquier caso la inmadurez de John al no saber lo que quería en esos momentos y la mala influencia de su amigo Henry, a partes iguales una gran compañía con el que poder ir de fiesta y un egoísta empedernido, y para Henry, Julia, más que ser la novia de su amigo a la que mostrar respeto e incluso cariño la veía como una enemiga con la que luchar para no encontrarse solo en las noches de viernes o sábado, hasta ahí llegaba su instinto competidor.

Henry, gran orador y extremadamente inteligente, sabía que si hablaba mal de Julia sin más a su amigo John para conseguir su objetivo, éste acabaría por enfadarse definitivamente con él, por lo que trazó un detallado plan en su cabeza, más propio de un estratega de la guerra que otra cosa, con el fin de ir minando poco a poco la conciencia de John y sus sentimientos hacia Julia, y a fuerza que lo consiguió con frases “con lo bien que estarías tu sólo y poder estar con la chica que quisieras”, “ella no te comprende”, “es una buena chica pero frena tus posibilidades con otras mujeres”, así día tras día, día tras día hasta que John convencido de lo que hacía habló una tarde con Julia cuando el verano llegaba a su fin, recordaba cada frase, cada expresión, los ojos llorosos de Julia al decirle que quería hacer otras cosas, estar con otras mujeres y estando con ella eso no podía hacerlo, su mirada de mujer dolida, el recuerdo de todo aquello le hizo tanto daño a John que rompió a llorar sin cesar, no comprendía lo estúpido y malvado que fue con aquella chica que lo amaba sin excusas ni condiciones, era un amor puro que fue truncado sin una razón aparente por la influencia maléfica del que se llamaba su amigo pero que resultó ser un oportunista que años más tarde le perdió la vista definitivamente, y con esta sensación de quemazón en el corazón John acabó profundamente dormido.

A la mañana siguiente, después de la mala noche pasada John se levantó con fuerzas renovadas y con las ideas muy claras, sabía lo que tenía que hacer para encontrar a Julia, recordaba perfectamente su nombre completo, Julia Swchumith, apellido poco corriente y que podría ayudar a encontrar pistas sobre su paradero,  y además conocía a la persona idónea para este cometido, su buen amigo Irving, un informático loco con mucho tiempo libre, la red de redes era su mundo y no hacía falta convencerlo mucho pues disfrutaba con este tipo de encargos, quizás necesitaba un poco de acción  en su sedentaria vida y John sabía que con todo esto podría proporcionársela; Decididamente John cogió el teléfono y lo llamó.

A Irving, que acababa de levantarse, le resultó extraño el sonar desagradable del teléfono a esas horas tan tempranas, ¿quién osará llamarme a estas horas?, pensó, y al descolgar el teléfono sus dudas iniciales se disiparon, era su amigo John que iba a encargarle un trabajito. Irving, un genio de la informática y huraño en su carácter con las personas que no conocía, en cambio era generoso y se desvivía por su amigos, y John probablemente era su mejor amigo, a otros podría ponerles reparos pero a John no, cuando necesitó su ayuda John le respondió sin preguntas ni reproches, sencillamente se sentía en deuda con él, por lo que cogió lápiz y papel y empezó a escribir sus instrucciones.

El encargo podría parecer complicado para cualquier persona pero para Irving era coser y cantar, abrió su portátil último modelo y lo puso en marcha, sólo debía dirigirse al lugar adecuado de la red e introducir los datos que John le había proporcionado “Julia  Swchumith” “el pueblo de Borgiueau”, y esperar resultado, bingo únicamente apareció una Julia Swchumith en la pantalla de su ordenador y debía ser ella pues la dirección que aparecía era de la localidad de Borgiueau, anotó las señas completas e inmediatamente llamó a John para contarle la feliz noticia.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Atando cabos (primera parte)


Éste será un relato corto que se compondrá de varias partes, lo que pretendo es la realización de un ejercicio narrativo sin más, la idea de este relato viene martilleando mi cabeza estos últimos días y me apetecía sacarla a la luz, espero que os guste.

John Brown se encontraba en la consulta del prestigioso médico Oncológico Mr. Julius Lloyds, a partes iguales seco y frío en cuanto a su carácter como un extraordinario Doctor, si la enfermedad tenía solución él era tu hombre, ante la noticia que sin lugar a dudas podía truncar para siempre su existencia. John, aparentando sosiego  pero con cierto grado de incertidumbre, le preguntó no sin tartamudear al principio "¿es grave Doctor?, ¿tiene cura?, ante  lo cual el Doctor con ese flequillo canoso que le daba un aire de aristócrata transnochado le espetó con la seriedad que le caracterizaba "John, debo decirle desgraciadamente que no tiene cura, aunque quisiéramos no podríamos extirparle el tumor que se encuentra alojado en su cerebro, es muy muy grande, a partir de este momento debe arreglar sus papeles con premura, debe atar cabos sueltos antes de que…" Se quedó en silencio, mudo, como si no quisiera pronunciar la palabra fatídica , palabra que nunca llegó a salir de su boca pues John  le interrumpió con otra pregunta propia de un hombre impaciente como John era, "¿cuánto tiempo me queda de vida?", y Julius agachando su cabeza y sin poder mirarlo a los ojos le contestó "dos meses, a lo sumo tres". A John le hacía mucha gracia aquel chascarrillo del siempre genial Woody Allen que sugería las dos palabras más bonitas de escuchar "es benigno", en ese momento no pudo evitar pensar en ello y sonreir levemente, probablemente por última vez por la ironía macabra que suponía esta situación.

John, después de pasársele millones de cosas por su cabeza en cuestión de segundos, se levantó y le agradeció afectuosamente sus servicios marchándose sin más del lugar, todo ello lo hizo por instinto, mecánicamente, no podía pensar en otra cosa que no fuera la muerte y en ese fuerte dolor de cabeza que no le abandonaba desde hacía varios años. No supo discernir cómo salió de la consulta ni cómo anduvo varios pasos más allá antes de desmoronarse como un castillo de naipes en el primer banco del parque que halló; lloró desconsoladamente y sin parar durante minutos que le parecieron eternos, y esas lágrimas casi sin pretenderlo se tornaron en paz, una paz absoluta consigo mismo, ahora lo más importante para él una vez asumido ese golpe duro de digerir era seguir el consejo de su médico, debía arreglar las cosas, atar cabos.

Con una vitalidad inusitada para un hombre de 61 años, recorrió las calles a grandes zancadas con dirección a su casa, un palacete de 300 metros cuadrados de piedra y recuerdos, donde debía pensar qué hacer para que todo quedara en orden. Lo primero que hizo fue dirigirse como alma que lleva el viento hacia su lugar favorito de la casa, su biblioteca, habitación donde pasaba las horas muertas leyendo, escribiendo notas en el mayor de los casos sin sentido, en definitiva  pasando el tiempo libre que el trabajo y sus quehaceres le dejaban; John ya no trabajaba, sencillamente no le hacía falta y vivía de las rentas que le generaba la venta tiempo atrás de su empresa. Tomó el papel y la pluma de las grandes ocasiones y empezó a escribir:

"Cosas ineludibles antes de morir:
Primero.- El testamento". En este punto frenó sus ansias de escribir, la verdad es que este tema ya quedó finalizado y finiquitado hacía varios años; había decidido, ya que no tenía esposa ni hijos, dejarle todos sus bienes  a partes iguales a sus hermanos Rufo, Gandolfo y Suzanne, a excepción del Bentley, joya automovilística donde las haya, que le había prometido a su sobrino favorito, hijo menor de Gandolfo llamado Charles, un chico entradito en carnes, tímido y enormemente inteligente, no sabía como ni porqué pero le recordaba a él cuando tenía su edad.
Puso una señal de realizado y siguió escribiendo:

"Segundo.-  Hablar con la familia del suceso". Posíblemente eso fuese lo más difícil para John, pues siempre había sido una persona reservada; pensaba que si no hablaba de sus problemas y se dedicaba a resolverlos, su familia no sufriría y también le serviría para no remover algo que le pudiera hacer daño, algo que sencillamente odiaba, le repugnaba comentar lo que podía preocuparle pues demasiado tenía con que tal o cual problema se quedara en su cabeza para  luego encima tener que explicarlo. En esta ocasión la diferencia estribaba en que si hablaba de ello los demás podrían sentir lástima por él, sentimiento que por nada del mundo deseaba que le ocurriera, por lo que, y después de haberlo sopesado durante varias horas, decidió que lo mejor sería no contar la noticia y que cuando ya fuera evidente por no poder salir del hospital para pasar sus últimos días ya no sería necesario ningún tipo de explicación. Sí, con decisión escribió en su papel "Segundo.- Hablar con la familia del suceso: No lo haré, no quiero hacer sentir lástima a nadie.".

Un vez hubo escrito eso y con un peso de encima menos, con trazo firme empezó a escribir "Tercero.-". Dios, pensó, ¿no tengo un tercer punto?, ¿ha sido tan triste mi existencia que ni siquiera he dejado cabos sueltos?. Entonces, le vinieron a la mente ciertos recuerdos difíciles de explicar, sucedieron hace muchos años cuando su adolescencia llegaba a su fin; John era ya un hombre pero no se comportaba como tal, había enamorado a mujeres y luego las había dejado, las recordaba muy bien, Julia, su primer amor, y Constanza, qué mal se portó con ellas, las dejó sin más y ni siquiera tuvo la deferencia de disculparse por su actitud ni les dijo la razón por la cual las dejaba.

Desde ese preciso momento ya tenía un tercer punto, dedicaría lo que le quedara de vida para encontrar a esas mujeres y pondría todo su empeño para pedirles humildemente disculpas, y no cejaría en el intento hasta que ellas le perdonaran; sería un feliz broche a su triste final. Escribió en su papel "Tercero.- Disculparme con Julia y Constanza, personas a las que hice tanto daño."

lunes, 29 de agosto de 2011

Mis experiencias paranormales (capítulo 6 y final)

Si habéis llegado hasta aquí ya sabréis que me llamo Segismundo Chico y no quiero despedirme de vosotros sin antes contaros probablemente mi última experiencia paranormal pero no por ello menos increíble y fascinante.

Recuerdo perfectamente aquella noche, acababa de llegar a casa sobre las diez, después de un día agotador de domingo con amigos, tras dejar en su humilde piso de alquiler a mi novia, vamos la que hasta entonces podría llamarse mi novia. En este punto tengo que explicaros que Ana, que era como mi novia se llamaba (y supongo que seguirá llamándose aunque haya perdido todo contacto con ella), era una chica preciosa que conocí hacía un año en el cumpleaños de mi mejor amigo Ernesto, la cual trabajaba, sorprendentemente, (y yo sin enterarme hasta ese momento), en la empresa del padre de Ernesto, una tienda de antigüedades que por esas fechas era la envidia y lugar de peregrinación de burgueses que no sabían donde gastar su dinero. Fue un flechazo a primera vista, al menos para mí, ella al principio se mostró reticente a mis encantos (debo de reconocer que pocos y difícilmente localizables, mi madre siempre me decía que tenía una cara picassiana, hermosa para la gente que supiera ver, a estas alturas os podéis imaginar que era lo que pretendía decir sin decirlo), y después de varios meses tras de ella y de múltiples intentos  para invitarla a cenar o al cine y otros tantos regalos (muchos diría yo), ella sucumbió al amor (eso pensaba iluso de mi), y decidió que debía darme una oportunidad, oportunidad que nos llevó irremisiblemente a una relación de pareja formal.

Volvamos de nuevo a aquella noche, como me encontraba francamente cansado y "hecho polvo", decidí que lo mejor era comer algo de fruta para no perder mucho el tiempo y acostarme rápido que al día siguiente me esperaba una jornada laboral de lo más estresante, caí en la cama como un peso muerto (aunque con mis casi cien kilos de peso se podía asemejar perfectamente a eso), y pasado como unos diez o quince minutos que pudieron ser perfectamente horas en pura vigilia, noté algo muy extraño, me sentía liviano, casi por primera vez, la sensación era como si flotara en el aire, en ese instante recuerdo que tuve miedo y quise abrir los ojos pero no pude, no podía abrirlos como si le hubieran echado pegamento fuerte en los párpados, pero sin embargo podía ver, ¿como era posible?, y lo que era aún más sorprendente e inquietante, veía con una claridad meridiana mi cuerpo yaciendo plácidamente en la cama, era yo o mi yo espiritual el que se había separado de mi cuerpo físico y esa conciencia de mi ser espiritual y de todo lo que estaba viviendo era tan real   y palpable como cuando te cae una gota fría de lluvia en la cara o cuando sientes un dolor insoportable que te hace chillar.

En aquel estado difícilmente catalogable la medida de tiempo no importaba como así tampoco el espacio, sin control empecé a moverme a una velocidad inusitada  y me vi envuelto en un inmenso desierto nocturno de dunas de arena que me recordaron a la película Lawrence de Arabia, no me preguntéis la razón pero eso fue lo que se me pasó por la mente o conciencia o como se quiera llamar a ese flash de pensamiento, allí me quedé unos instantes recreándome en el silencio, sentí como la naturaleza formaba parte de mi y yo y mi infinitesimal existencia era irremediablemente parte de ella.

De nuevo me moví de donde aparentemente me encontraba y mi "yo" fue a parar a un paraje muy querido por mi, lo reconocía perfectamente aunque hacía años que no paraba por allí, un lugar que marcó mi infancia, era una casona que pertenecía a mi familia desde tiempos inmemoriales (eso al menos era lo que me contaba mi padre como historia de cuento a relatar en aquellas noches cuando el sueño no nos vencía) y donde pasábamos los veranos hasta que cumplí los doce años, si existía un lugar reconocible por mí donde había sido feliz sin dudarlo esa casa y sus muros antiguos de piedra lo eran.

Quise recorrer cada rincón, cada esquina vacía, como si de ese modo fluyeran con más fuerza si cabe los recuerdos allí vividos como estampas de una vida mejor, y entre recuerdos de risas y entusiasmo de un niño que quería comerse el mundo no pude evitar acordarme y que formara parte de ese espectáculo la idea inmaculada de mi novia Ana, la persona a la que tanto amaba, y sin saber como ni porqué me vi dentro de ese piso en el que a veces pasaba noches enteras en su compañía, no podía creerlo, era su piso, su recibidor con aquél mueble destartalado de la entrada donde Ana dejaba sus llaves, su salón pequeño con una mesa redonda en el centro, un sofá y una tele del año de la pingüina que Ana juraba y perjuraba que se veía bien (algo daltónica debía ser pues la pantalla se inundaba de un intenso color verdoso en lugar de azul  y el rojo apenas se vislumbraba). 

Al escuchar ruidos me alarmé, eran sonidos de jadeos como si alguien le estuviera haciendo daño y pensé en ese momento que todo lo acontecido aquella noche debía tener una razón y probablemente era para socorrer a Ana de una muerte segura a manos de un insensato ladrón, y quise entrar en su habitación  y romperle la crisma al choricillo de tres al cuarto pero no sabía como hacerlo, no tenía pies ni manos para moverme ni actuar en caso de peligro inminente, sin saber como y guiándome únicamente de mi instinto protector pude acceder a su estancia y  lo que allí me encontré no podré olvidarlo jamás, mi novia revolcándose de placer con mi mejor, hasta entonces, amigo Ernesto, quise gritar y que parara de una vez esa macabra escena de cama y lo que conseguí fue volver nuevamente a mi cuerpo despertándome al instante sudando a mares, con un intenso dolor de cabeza y un profundo cansancio, pareciendo que los kilómetros recorridos en ese viaje tan especial (miles diría yo) los hubiera hecho andando o al trote.

Ni que decir tiene que corté con Ana por sms, el mensaje rezaba lo siguiente "Ana, no te quiero. Adiós", fui seco e inexpresivo a conciencia, no podía contarle lo que sabía ni porqué medios los había descubierto, en cuanto a Ernesto no volví a hablar con él, sencillamente lo desterré de mi vida, tremenda traición no se merecía menos. 

Debo confesaros que intenté muchas veces conseguir nuevamente un viaje astral como el que os he relatado, me ahorraría mucho en billetes de avión para contemplar ciudades desconocidas para mí o hacer realidad unas de mis fantasías más recurrentes, colarme en un vestuario de señoras, pero nunca más lo logré, ahora no dudéis que si por arte de virle o virloque la experiencia se materializara de nuevo vosotros seréis los primeros en saberlo.

domingo, 28 de agosto de 2011

Nosotros a lo nuestro y los demás...


En este artículo no es mi intención ni mi deseo adoctrinar a nadie ni decir lo que los sevillistas tienen que pensar o hacer, Dios me libre, mi pretensión es únicamente exponer mi opinión al respecto de ciertos comentarios aparecidos en la red de redes twitter, y me explico:

Tras la derrota y eliminación de nuestro equipo de la Europa League a manos del equipo alemán del Hannover 96, parece ser que la afición del otro equipo de la ciudad, para más señas la del Real Betis Balompié, vulgarmente denominado Betis, comenzaron a meterse con nuestro equipo insultando y vejando a sus aficionados, en definitiva mofándose de nuestro club. Todo ello ocasionó que se respondiera  con insultos desde nuestro bando con expresiones como  por ejemplo "Puta Betis", o "morosos, a pagar o a segunda", todas ellas nacidas de la frustración y el desconsuelo que embargaba a los aficionados que habían puesto muchas ilusiones en la competición que recién comenzaba. y que, desgraciadamente, también recién finalizaba para nosotros.

Posteriormente, concretamente en el día de ayer al conocerse la victoria del Betis en el campo del Granada, se pudieron leer comentarios del tipo "uno sólo de nuestros delanteros valen como cinco de ellos" o "que malos debían ser los del Granada para que les ganara el Betis", todos ellos imbuídos en la creencia de que el Sevilla F.C. es superior al equipo de la otra acera.

Al respecto de todo ello, yo no puedo estar de acuerdo con este modo de pronunciarse, ya está demostrado que los localismos no son buenos para el Sevilla, yo quiero, puede que sea una aspiración difícil de conseguir, disfrutar de mi equipo y de sus triunfos sin necesidad de mirar de reojo al otro equipo, sentirnos felices por las victorias sin el añadido de buscar los fracasos en el otro, pienso que si conseguimos eso será un síntoma más de grandeza.

Se ha de reconocer que nuestra liga, de acuerdo con las aspiraciones de uno y otro, no es la del Betis, la rivalidad está bien, es incluso sana si no la llevamos al campo del fanatismo, pero opino que debemos sentirnos disgustados si gana Valencia, Villarreal, Atlético de Madrid o Atlétic de Bilbao, pues son los que en cualquier caso pueden llegar a conseguir los objetivos por los que con tanto ahínco luchamos, que gana o pierde el Betis nos puede disgustar más o menos o sentirnos contentos en ese instante, todo ello propio del "cainismo" que impera en nuestra ciudad, pero no llegar más allá.

Otro punto que quisiera aclarar es el tema de la humildad, reconozco que me gusta que mi equipo sea humilde aún teniendo razones para sacar pecho, la supuesta superioridad del equipo se debe demostrar en el campo de juego, que tenemos mejor equipo o que individualmente seamos mejores que el Betis aunque en teoría es indiscutible no nos puede sacar al bravucón que podemos tener dentro para machacar mediante la  palabra al contrario, pues después pasa lo que pasa, y a las pruebas me remito que cuando uno está mejor que el otro no siempre se gana, por eso yo prefiero el dicho sabio de "el que ríe el último ríe mejor" .

Todo lo dicho aquí podría resumirse por una frase acuñada por nuestro Presidente y que describiría perfectamente lo que quiero decir, y a ella me remito "Nosotros a lo nuestro y los demás a copiarnos".

viernes, 26 de agosto de 2011

Levántate y anda. Artículo de opinión del Sevilla F.C.


En este artículo no es mi intención hacer una crónica  exhaustiva del partido de ayer y de la eliminatoria , para eso tenemos a cientos de blogs de grandes sevillistas que de modo altruista llevan a cabo tal cometido y a los cuales debo darles las gracias por hacer lo que hacen, ahora si deseo expresar mi opinión a modo de pinceladas de lo que sucedió en los dos partidos.

Bajo mi punto de vista, e intentando ser absolutamente objetivo, me pareció que la eliminatoria llegó demasiado pronto para un equipo, el Sevilla F.C., que se encuentra aún en formación, con un nuevo entrenador y nuevos jugadores. El sistema, aún no siendo muy distinto en cuanto a su concepción con lo visto en años anteriores (4-4-2), en la práctica es diferente, los equipos de Marcelino tienen una idea de fútbol en la que yo estoy plenamente de acuerdo, todos atacan y todos defienden, presión asfixiante en el centro del campo y una vez se robe el balón salir rápido en ataque en busca del marco rival. Quiero pensar que la forma en que Marcelino desea que juegue su Sevilla lleva algo de tiempo y esa falta de rodaje la ha pagado con la eliminación. El equipo alemán, aún no siendo superior si tenemos en cuenta los elementos que componen su plantilla, si lo ha sido en cuanto a equipo, y eso debe reconocerse, sus jugadores sabían lo que debían hacer en cada momento y a falta de individualidades tiraron de oficio, de oficio y de aprovecharse de los errores de su rival, y si a esto le añadimos que ya se encuentran en competición habiendo disputado tres partidos de su liga pues, a mi modo de ver, ahí ha estado la clave.

Ahora saldrán aquellos que digan que los planteamientos de Marcelino fueron erróneos, que la planificación de la plantilla equivocada, o que ciertos jugadores no deben vestir jamás la camiseta del Sevilla, todas ellas opiniones válidas y legítimas aunque a mi modo de ver equivocadas, esto como quién dice acaba de empezar y no podemos pecar al pensar de que por un partido malo el equipo no vale, es evidente que ha sido un palo, un golpe durísimo para la moral de los jugadores y de sus aficionados pero, llámenme optimista, yo confío en este equipo, confío en sus jugadores, y que el tiempo nos pondrá en el lugar donde debemos estar y nos merecemos, eso no me cabe la menor duda.

Así las cosas, y como ya no se puede evitar el no entrar en el bombo para la competición de Europa League, cuando un equipo grande se cae por determinadas circunstancias al final se levanta, y el Sevilla es un equipo grande. Por ello, he denominado este artículo como el milagro de Jesús a Lázaro, "levántate y anda", pienso que el Sevilla no necesita un milagro, no llego a tanto, para conseguir levantarse de este mazazo, pero yo como sevillista pondré mi granito de arena para que se levante y eche a andar lo antes posible, mejor el próximo partido que el siguiente, la crítica en muchos casos hace que se espolee al equipo para salir con más fuerza como cuando el toro enfila la suerte de banderillas, en estos momentos yo veo al equipo mal, con una falta absoluta de confianza en si mismo y en sus posibilidades, y esta crítica sería muy perjudicial para su juego y el devenir de la competición, llegarían las dudas en los futbolistas e incluso en el propio entrenador, se pondrían nerviosos y estos nervios redundarían en los aficionados, lo cual indefectiblemente le haría perder partidos.

Yo tengo la firme creencia que, como en la vida, hay que estar en las duras y en las maduras, a todos nos gusta llegar a finales y ganarlas, eso es fácil, ahora el equipo nos necesita, ¿le vamos a negar esa ayuda?, por eso yo prefiero que se levante y ande a que se quede en el suelo sin posibilidad de levantarse por aquellos que no paren de golpearle.

lunes, 15 de agosto de 2011

Un hombre de paz

En este artículo, y haciendo un lapsus en mis vacaciones, me he decidido a escribir por la indignación y repulsa que me ha ocasionado lo acontecido con una persona muy querida y conocida de la blogosfera sevillista, me refiero a Giulio Guerrera, a partir de ahora lo denominaré Don Giulio por el respeto y admiración que le profeso.

Para quién haya quedado desconectado en estas fechas estivales de los "entresijos sevillistas", os diré a modo de resumen lo ocurrido con Don Giulio y cierto periódico de nuestra Ciudad, Estadio Deportivo. Don Giulio, en un intento de dar a conocer lo que se está cociendo en la Secretaría Técnica del Sevilla F.C., decide contactar con un miembro destacado de la misma, concretamente Victor Orta, para realizarle una entrevista que sería "colgada" en su blog, cosa que así sucede. Una vez publicada la entrevista en su blog, y sin previo aviso, sin conocimiento ni consentimiento por su parte, Estadio Deportivo, en adelante lo denominaré ED, publica íntegramente la entrevista en su periódico y firmando el artículo Giulio Guerrera. 

Os podéis imaginar el revuelo que se formó a partír de entonces, toda la blogosfera sevillista se unió en defensa de su compañero por lo que se entendía una manipulación y una utilización de información sin consentimiento de su autor. A partir de entonces, ciertos personajes, o personajillos, que al parecer escriben para ED empezaron su particular "huída hacia adelante" criticando, insultando e incluso faltándole al respeto no sólo a Don Giulio sino al resto de los que conformamos la bien llamada "blogosfera sevillista" en la red twitter, hasta que finalmente miembros de ED deciden ponerse en contacto con Don Giulio y le ofrecen un acuerdo de rectificación que se plasma con una publicación en la edición de este Sábado pasado, rectificación que Don Giulio considera satisfactoria para acabar con esta sinrazón.

Desde siempre yo he considerado que existen dos tipos de seres humanos, los hombres rectos que buscan la paz y aquellos, por contra, que entienden la vida como una pura confrontación, que se defienden atacando al contrario sin conocer las consecuencias que estos actos pudieran derivarse, y esta clasificación curiosamente viene como anillo al dedo a lo aquí sucedido y voy a explicarme. 

Por una parte, y en un extremo del ring, válgame el símil pugilístico, se encuentra Don Giulio, que aunque tengo que reconocer que no lo conozco en persona, en la lejanía siempre me ha parecido un hombre cabal, consecuente con sus ideas, ya te puedan gustar o no, que utiliza la palabra para expresar lo que piensa pero sin imponer por la fuerza sus opiniones. Cuando se ve envuelto en una disputa, no pienso que sea de las personas que las busque, pretende, sin traicionar a sus ideas, llegar a un entente cordial que haga que todas las partes queden satisfechas, aún cuando el acuerdo que se consiga no sea del todo favorable, en nuestro argot, expresión recurrente de cualquier abogado que se precie "más vale un mal acuerdo que un buen pleito", yo por esto tengo que aplaudirle y descubrirme ante él aunque opine que la rectificación de ED resulte algo escasa para el perjuicio que ocasionó.

En el otro extremo del ring, deben aparecen aquellos personajes siniestros que haciendo uso de su retórica periodística y sin más argumentos para reconocer su error, por contra, atacan sin discriminación para defenderse de todo aquel que siquiera ose criticar sus malas artes o su escasa profesionalidad, personas prepotentes que no conocen la humildad para reconocer el error cometido y pedir disculpas.

Cuestión aparte merece aquel miembro de ED que, insultando a los que conformamos la blogosfera sevillista, vino a decir que todos nosotros tenemos un escaso cociente intelectual (no se si utilizó el término de "coeficiente", en cualquier caso aún siendo un error todos le entendimos). Ante este ataque a mi se me ocurren muchos refranes que encajarían perfectamente en la concepción que podría tenerse de este Señor, como son "A palabras necias oidos sordos", o "Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces",  todos ellos dichos populares  de enorme sabiduría y que por si solos describirían perfectamente la situación.

He echado en falta que periodistas de esta Ciudad se hicieran eco de lo ocurrido y escriban sobre ello para que estas practicas insanas e insalubres no vuelvan a producirse, pero ya se sabe en la profesión de periodismo existe el mal concebido por ellos como "corporativismo", pretendiendo echar la basura debajo de la alfombra para que no se vea, pienso que si aman su profesión se equivocan.

Ya para finalizar, si la vida nos diera la posibilidad de elegir que tipo de persona queremos ser, es evidente para mi que sería la de un hombre de paz como Don Giulio, otros en cambio me temo que ya tomaron otro camino que se demuestra con sus actos.

sábado, 9 de julio de 2011

Mis experiencias paranormales (capítulo 5)


La historia que viene a continuación, verídica como todas las anteriores, no podría catalogarse objetivamente de experiencia paranormal en la definición de fenómenos físicos, biológicos o psíquicos que no pueden explicarse mediante la ciencia actual, quizás puedan ser explicados aunque sea francamente difícil hacerlo abiertamente sin ruborizarse, quedando muy mal quién los cuente y puede que hasta se le tache de loco, y so pena de que esto me ocurra a mí pienso que esta historia no puede ni debe quedarse en la estantería de los libros olvidados ni en el sueño de los justos y merece ser contada.

Unos amigos y yo decidimos pasar un fin de semana en el campo, concretamente en una finca apartada en un pueblecito de la sierra propiedad de uno de ellos, Evaristo, aunque todos le llamábamos cariñosamente Evi. El grupo lo conformaban el mismo Evi, un tío excelente, generoso como él solo, Felipe, el guaperas del grupo pero corto de entendederas, Ernesto, el más intelectual de entre los presentes y un excelente conversador, y yo mismo, éramos una mezcla un tanto extraña y variopinta si lo veíamos por separado pero unidos sorprendentemente este círculo funcionaba. 

Nuestra intención era la de estar en contacto con la naturaleza, respirar aire puro y, todo sea dicho, hacer lo que nos diera la gana en esos días, levantarnos tarde o acostarnos sin hora, jugar a las cartas y beber cerveza, la libertad más absoluta sin que nada ni nadie nos lo impidiera. No era el primer fin de semana que pasábamos allí aunque os aseguro que desde ese fin de semana y lo que nos aconteció nunca más compartimos de nuevo ese lugar.

Recuerdo de ese fin de semana la cogorza que nos pillamos el sábado por la noche apostando unas pocas monedas al ocho americano, se jugaba con dos barajas de cartas y el juego en si, y dicho con todas las letras, consistía en "putear" al contrario, y doy fe que nos puteamos unos a otros, disfrutábamos cuando se lo hacíamos al de al lado pero no tanto cuando nos lo hacían a nosotros, vamos lo normal, podría decirse que si se pudiera parar el tiempo y hacer una instantánea de esos momentos se revelaría una estampa de plena felicidad.

Todos los presentes teníamos muchas gestiones que hacer el lunes tras el fin de semana, éramos todos estudiantes pero con la agenda muy ajetreada, unos unas cosas y otros otras cuyo denominativo común se encontraba en que todas eran importantes e irrenunciables, pero como nos lo estábamos pasando genial y no deseábamos por nada del mundo que eso acabara tan pronto, decidimos de común acuerdo alargar ese fin de semana y marcharnos ya la madrugada del domingo al lunes, pasar esa noche sin dormir y empalmar hasta el día siguiente, pensamos que ya habría tiempo de descansar la tarde del lunes, podría parecer una locura visto desde fuera aunque debo confesar que para todos los allí presentes nos pareció una excelente idea, y así lo hicimos o casi.

Aquella noche de domingo comenzó con una cena muy amena, recuerdo que discutíamos entres sandwiches de  jamón y queso y patatas fritas sobre si las mujeres debían ser naturales y quedarse con la belleza o fealdad que Dios les concedía al nacer o por el contrario no había motivo alguno para no operarse  por ejemplo los pechos, los pómulos o los labios si con eso se podría reparar algo de por sí defectuoso. Yo era de la opinión de la postura diplomática, no había que ser extremista, había casos en que si la mujer se encontraba mejor consigo misma debía ser hasta imprescindible pero que tampoco eso podría suponer un capricho en manos de mujeres hermosas con falta de autoestima. Otros, disertaban en cambio con vehemencia y a modo de broma en el sentido de que veían bien eso de las operaciones de cirugía estética y que si Angelina Jolie estuviese allí se lo agradecería efusivamente, lo que no explicó es con que parte de su cuerpo y de que forma iba a agradecérselo. Esta discusión derivó en otras y así pasaron las horas en compañía de estos amigos tan peculiares pero además tan entrañables.

A las séis de la madrugada era la hora que habíamos fijado para tomar la carretera y salir de la finca con dirección a la ciudad  y aunque inicialmente todos estábamos de acuerdo en quedarnos sin dormir hasta esa hora, el sueño y el cansancio de tantos días de trasnoche hizo de las suyas y sobre las dos, más o menos, ya no pudimos aguantar más, primero se fue a dormir Ernesto, el más centrado del grupo, y luego como en fila india empezamos uno a uno a desfilar hasta nuestras respectivas camas y al menos descansar unas horas antes de marcharnos. 

Cuando ya nos hubimos acostados todos y casi en estado de vigilia empezamos a escuchar un ruido atronador y estridente que no cesaba (tric troc tric troc en una melodía simétrica y casi macabra), nos levantamos de la cama  y aunque aún era de noche veíamos perfectamente pues existía una luz intensísima que se colaba por entre el ventanal de una de las habitaciones que hacía que dicho dormitorio y casi toda la casa se iluminara completamente. A partír de ahí lo único que recuerdo es que divisamos algo fuera de la casa en el cielo, como una nave grandísima de la que surgían focos de luz blanquísima  y tras ese flash que nos pareció como una foto antigua ubicada en lo más profundo de nuestro subconsciente el despertarme en la cama con el ruido no siempre agradable del despertador que marcaba las cinco treinta horas.

Existía un lapso de unas tres horas en los que los presentes no recordábamos nada, nos sentíamos todos  como rejuvenecidos y con fuerzas renovadas, a excepción de una pequeña y molesta irritación en los oídos y, feo está decirlo, en el recto o culo en nuestra terminología vulgar castellana. De esa experiencia nada hablamos los que allí estábamos, como si fuera tabú o algo malo e inconfesable, ninguno de nosotros osó comentar ni una sola palabra sobre lo ocurrido pero, que queréis que os diga, desde ese día no puedo dejar de pensar en unos hombrecillos verdes  que osaran violentar hasta entonces mi inmaculado cuerpo, y por qué extraña razón permitieron que prosiguiéramos con nuestras vanales e insulsas vidas, a veces me surgen ideas absurdas de que decidan volver a buscarme y me ofrezcan una oferta de empleo a tiempo completo que no podré rechazar, que la cosa hoy en día está muy mala, para viajar entre galaxias lejanas y conquistar otros mundos inexplorados.