sábado, 14 de abril de 2012

Titanic, proyecto para adictos a la escritura del mes de abril




La idea de escribir este relato proviene del proyecto de adictos a la escritura del que soy miembro pues, ya habréis podido imaginar, el 14 de abril se conmemora el centenario del desastre del Titanic. Siendo sincero, debo reconocer que odio profundamente la película “Titanic” de James Cameron como director, y este dato incontestable ha sido como no podía ser de otra manera mi fuente de inspiración.

 Este relato corto es total y absolutamente ficticio, fruto de la mente calenturienta de su autor y con un fin muy determinado, divertir al que lo lee. Los nombres y localizaciones que aparecen, alguno real, sirven a la historia simplemente como referencia y punto de apoyo para la misma pero sin afán de insultar o vejar a nadie, y menos aún de lucrarme con esto. No me extiendo más en esta introducción, espero que os guste y lo disfrutéis tanto o más a como yo lo he disfrutado con su escritura.



 Aquí comienza mi relato corto “Titanic”. 



CUARTEL GENERAL DEL SERVICIO DE INTELIGENCIA NORTEAMERICANO, EN LA ACTUALIDAD. SALA DE INTERROGATORIOS. SON LAS 11.30 HORAS DE LA MAÑANA.

  La sala era pequeña y rectangular. Su decorador no podría denominarse de excelso ni extraordinario. La conformaba una mesa cuadrada de unos dos metros de longitud sacada de un colegio cualquiera y dos sillas extremadamente simples. La estancia se encontraba iluminada con una luz amarillenta que provenía de una lámpara de neón. Sin ventanas. Un amplio espejo ocupaba casi toda una pared del que seguramente al otro lado alguien los estuviera observando, y con una única puerta de entrada o de salida. Todo muy tétrico.
  Sentados ya en las sillas se encuentra el Oficial Mayor al mando Alan Smith, nieto curiosamente del Capitán del Titanic Edward John Smith, y el afamado cineasta James Cameron. La tensión se masca en el ambiente.
— Dígame su nombre completo—, expresó con solemnidad Alan Smith a su interrogado. Alan, tipo alto y fornido donde los haya, pelo ralo y prominente mandíbula, facciones rectas e inexpresivas, parecía sacado de una película de tipos duros, un geyperman cualquiera. 
— Como si no lo supiera. Si se me va a acusar de algo quiero la presencia de mi Abogado, esto es un atropello y una ilegalidad. Tengo mis derechos, contestó el director sin poder disimular su incertidumbre.
  El oficial Mayor en ese momento abrió una voluminosa carpeta color marrón del que sobresalía presumiblemente un dossier con amplia y variada información sobre el cineasta. Lo miró a los ojos y con enorme tranquilidad le dijo:
— Usted no tiene una mierda, la Seguridad Nacional está en juego. Vayamos al grano, no quiero perder toda la mañana con esto. Sr. Cameron, dígame, que sabe sobre el Titanic. No me refiero al esperpento de película que filmó, sino a lo que pudo averiguar sobre el desastre. No escatime en detalles.
—Ahh, ¿pero todo esto va del Titanic?, no me lo puedo creer. Su historia es conocida por todos y se ha contado un millar de veces. Fue sorprendido en Terranova por un iceberg gigante sin que hubiera posibilidad de detenerse o esquivarlo el 14 de abril de 1912, según se dice sobre las 23:40 horas. Murieron 1517 personas salvándose sólo 705. Una tragedia. Mire la wikipedia, allí lo pone todo con pelos y señales mucho mejor de lo que yo pueda contarle.
— No me venga con pamplinas que cuentan las abuelas a sus nietos—, le espetó el Oficial con un tono de voz serio. —Me consta que usted estuvo investigando por su cuenta distintas teorías de lo que ocurrió realmente ese 14 de abril. Incluso, esas teorías le llevaron, con un enorme gasto económico por su parte, a profundizar como ningún otro hombre hizo antes en la fosa de las marianas, en el Océano Pacífico. Lo tenemos todo documentado, no puede engañarme. Aquí estamos usted y yo, nada más, aquí no es un hombre importante ni conocido. Dígame lo que quiero saber y podrá marcharse a casa.
  El cineasta con aparente estado de nerviosismo, viéndose a sí mismo atrapado y sin posibilidad de escapatoria, sabía que si quería volver con su familia debía contarlo todo, lo que él creía que sucedió y, sin volver a pensarlo dos veces comenzó a hablar.
— Lo que se conoce de la tragedia del Titanic es un burdo engaño. Todos los pasajeros desaparecieron, el Titanic nunca se hundió, simplemente se esfumó de la faz de la tierra. Los restos del barco que aparecieron en el año 85 no concuerdan con los del Titanic, eran de otro barco. Los “supuestos” supervivientes resultaron ser simplemente actores y actrices que interpretaron a la perfección su papel, los niños eran pequeños en aquella época y nunca hablaron de lo sucedido, ¿no puede parecer ese dato extraño y curioso?. La lista de pasajeros se falseó a conciencia. Todo se tapó. Todo se silenció. El gobierno de los Estados Unidos lo silenció.
  El director de cine bebió un poco de agua y prosiguió:
— La última grabación de radio del Titanic y de la que tuve oportunidad de escuchar una sola vez no hablaba de ningún iceberg. El primer oficial de radio Jack Phillips con evidente temor en sus palabras, pronunciaba, antes de cortarse para siempre su mensaje, lo siguiete: “Pero Dios, que es eso, es un OV……”. No se grabó más. Mi teoría es que unos seres venidos de otro planeta, más evolucionados e inteligentes que el hombre, se vieron sorprendidos y amenazados por ese enorme barco en la que en aquella fecha era una de sus sedes terrestres y, materialmente, lo confiscaron con todos sus pasajeros. O algo peor, lo destruyeron. Estos datos fueron conocidos de primera mano por el Gobierno de los Estados Unidos, decidiendo su Presidente que era mejor ocultarlo para no alarmar a la población civil. Actuaron rápido y con eficiencia, eso sí que hay que reconocerles. En la fosa de las marianas encontré vestigios de lo que fue una sociedad extraterrestre, construcciones que no pudieron ser realizadas por el hombre por razones obvias. Todas mis investigaciones iban por ese camino. Lo que no pude descubrir es que fue del majestuoso barco y de sus desdichados pasajeros.
— Esto es otra cosa. ¿No ve como no ha sido tan difícil?. Ahora debo ser sincero con usted, le engañé. Nunca tuve la intención de dejarle marchar. Usted se va a quedar aquí, tiene una misión que deberá cumplir por nosotros y por todos sus conciudadanos, algunos de ellos, o muchos, fieles espectadores de sus películas, pronunció con cierta sorna y desprecio el Oficial Mayor. Concéntrese en mis palabras pues no tengo intención de repetirlas. Voy a contarle un secreto que unos pocos privilegiados conocen. Hace un año nuestro físico más afamado al servicio exclusivo de los Estados Unidos, el Sr. William Kosturika, debo decir que por casualidad, inventó la manera de viajar en el tiempo, ha creado la ansiada máquina del tiempo. La hemos probado con ratas y primates en pequeños experimentos y funciona. Ahora interviene usted en esta historia. El Presidente de los Estados Unidos de América, siendo usted la persona viva que más sabe sobre el Titanic, le pide que viaje en el tiempo, concretamente al día 14 de abril de 1912 a las 22.30 horas de la noche, una hora antes de ocurrir el siniestro, en las coordenadas donde se supone que el Titanic estaba ondeando aquella aciaga noche los mares de Terranova. Su misión es informar sobre que fue lo que realmente sucedió. Se le proporcionará una mochila con un emisor de radio. Está preparada para emitir en una frecuencia cifrada nunca antes utilizada por el hombre. Esa señal será captada en nuestra base de operaciones muy cerca de donde usted se encuentra ahora. Esa es la buena noticia, la mala es que el viaje es unidireccional, nuestro físico a día de hoy no ha sido capaz de invertir el proceso, al menos de momento, pero le aseguro que lo conseguirá y volverá de donde quiera que se encuentre. Esta misión es fundamental e imprescindible para la vida, tal y como la conocemos, en la tierra. Si sus teorías son ciertas y nuestras informaciones también, algo gordo se está cociendo con nuestros vecinos de piel verde o como quiera que la tengan. Cuanto más datos manejemos de ellos más posibilidades tendremos de preservar nuestro mundo.  
— ¿He oído bien?, usted está loco, usted y nuestro querido Presidente de los Estados Unidos. Supongamos, y es mucho suponer, que todo lo que me está contando es cierto, estoy convencido que habrá cientos no, miles, de sufridos soldados que se sientan orgullosos de perder la vida en tan fastuosa misión por su País. Yo no soy su hombre, ni siquiera me cae bien el que se sienta cómodamente en el sillón presidencial de la Casa Blanca. No, desde luego que no, no lo haré.
— No le estoy pidiendo opinión, mi querido Director, no tiene alternativa, le informo simplemente de su misión que hará por las buenas o por las malas, ¿Está claro?.
  El Oficial Mayor saca del bolsillo interior de su chaqueta una jeringuilla y con un movimiento rápido de su muñeca inyecta su contenido en la mano derecha del cineasta sin que tenga posibilidad de reaccionar y éste queda dormido en cuestión de segundos. 

EN ALGÚN LUGAR DE CALIFORNIA, EN LA ACTUALIDAD.

 Con gran pavor despertó el Director de cine Cameron aquella mañana de lo que en apariencia era un sueño, muy real, pero al fin y al cabo un simple sueño. Observaba con curiosidad a un lado y a otro de su amplia y minimalista habitación como queriéndose convencer a sí mismo de que se encontraba en su casa sano y salvo. Todo se hallaba como siempre. Su cama inmensa, la luz del sol entrando tímidamente a través de la cristalera de la estancia, su mujer a su lado durmiendo plácidamente. Todo como siempre, salvo por el nimio e insignificante objeto que descansaba en el mullido sillón descalzador de madera de caoba justo al lado de la cama, una mochila militar de color verde. 

viernes, 6 de abril de 2012

Imsonnio


DOOOONNNGGGG

Suena el replicar de la campana del reloj del salón a lo lejos, es la una de la madrugada; me encuentro en la cama. Estoy sólo, acurrucado, con los ojos bien cerrados pero no puedo dormir; los pensamientos se me arremolinan en mi cabeza como en un día de ventisca. Los problemas del trabajo y de mi vida se enraízan en la mente y no dejan que ésta quede en blanco; es en estos momentos en los que me gustaría ser un robot y poder apagar mis neuronas con sólo darle al off del power. 
Necesito dormir lo máximo, descansar; lo que se avecina para dentro de unas horas será duro, estaré echo una piltrafa si no logro soñar profundamente, pero no puedo.
Se dibuja sin querer la figura de mi amada Emilia en mi cabeza, su piel de nácar, su cabello suave, sus ojos redondos mirándome llenos de pasión, su vientre plano, su todo; ¿que hice para que se marchara?, ella me quería, se reía con mis chistes, disfrutaba de mi compañía, ¿que demonios pasó para que todo cambiara?; y luego aquel cliente borde del que nunca recuerdo su nombre que entra siempre en mi tienda de ferretería a la hora de cerrar para pedirme unos tornillos planos, “no, esos no; ¿no los tienes más planos?”. Pienso en él y en su cara estúpida e inexpresiva, en su grasiento pelo que no se lo ha lavado al menos en un mes y me entran ganas de vomitar. 


DOOOONNNGGGG-DOOOONNNGGGG

Son las dos de la madrugada, la dichosa campana del reloj del salón vuelve a sonar y aún no logro dormirme; intento imaginarme un prado verde en una tarde de verano soleado o un mar en calma mientras el sonar apaciguado del agua aquieta mi corazón, me encuentro más sosegado, más tranquilo diría yo, pero sigo sin conciliar el sueño y sin atisbo de poderlo encontrar. 
Lo de contar ovejas nunca me funcionó, alguna vez escuché a cierto amigo que el contar pitufitos azules era mano de santo. No tengo nada que perder; papá pitufo, mamá pitufo, ahh no, esa no vale, una mamá pitufo no existía entre los especímenes azules con gorrito en la cabeza; siempre me pregunté como se pueden reproducir tantos pitufos sin que los haya del género femenino, a excepción claro está de pitufina, ¿por generación espontánea?. Misterios sin resolver del mundo pitufil.
Y dale con Emilia, no quiero pensar en ella. Ciertamente, esa mujer me ha marcado para siempre, era especial, con sus cosas como todo el mundo pero igualmente única. Tenía un carácter insoportable cuando se enfadaba, y luego estaba su afán por el desorden; cuantos más trastos hubiera en la casa dispuestos aleatoriamente ella era feliz. Pero la amaba y lo demás no importaba. 
Entre una cosa y otra parece que sigo sin ser capaz de abrazar los suaves brazos de morfeo más que lo intente.
 
DOOOONNNGGGG-DOOOONNNGGGG-DOOOONNNGGGG

Dios, no puede ser, ya son las tres de la madrugada. Aun sigo acurrucado y a oscuras pero de manera incomprensible mis pensamientos que no dejan de aflorar, cual animales voraces, no permiten que duerma.
Aquí, en la cama, me acuerdo de mi padre, fallecido hace dos años. Recuerdo sus bromas, su mal genio pero también su enorme corazón que no le cabía en el pecho. Él me enseñó a ser lo que ahora soy, los valores que rigen mi vida fueron heredados directamente de los suyos. Me enseñó bien, me ayudó con la tienda, me labró un futuro, me llevó por el camino recto, y en los tiempos que corren no es una misión fácil. Le estaré eternamente agradecido. Sólo me arrepiento de no haberle transmitido en más ocasiones que le quería.
Porqué tendré que pensar en la muerte con lo poco que me gusta; ¿que hago aquí?, ¿cual es la razón de estar vivo?, ¿existe algo después de morir?. Existen diferentes y variadas teorías sobre si hay vida después de la muerte. Las distintas religiones exponen el concepto de “cielo” aunque con nombres dispares que lo identifican; los budistas hablan de la reencarnación para expurgar los pecados de vidas pasadas; y luego están las experiencias en el umbral de la muerte, el túnel de luz, la paz infinita y el visionado de parientes cercanos que nos guían para ese nuevo viaje y todo ese rollo. Los más pesimistas dicen que lo del túnel de luz es una sensación fruto de un mecanismo de defensa primitivo que posee el cerebro para que no suframos en estos últimos instantes mientras se mueren poco a poco las células neuronales. Vamos, que estamos en las mismas, ninguna de ellas me aclara que pasa finalmente. Antes creía en Dios o algún ser superior que vela por nosotros en la tierra, pero ahora no estoy tan seguro, no estoy seguro de nada en absoluto. Mi cabeza me dice que después de la muerte existe la nada, la única manera de que los seres vivos evolucionen pero, si es así, ¿cual es la razón de tanto esfuerzo y sufrimiento en nuestra vida?, ¿tiene sentido esta realidad?, ¿porqué mis padres me engendraron si el final es ese?
Voy a poner mi mente en blanco, estos pensamientos metafísicos me deprimen angustiosamente. Se muy bien que tendré que afrontar todo esto algún día, crucemos los dedos de que sea lo más tarde posible, pero ahora mismo me niego a discernir sobre ello.
Por cierto, desde la última vez que escuché el dong del reloj del salón ha pasado un largo rato y dormido, que yo sepa, no estoy. Supongo que en breve sonará y se despejaran mis dudas, pero lo raro es que la sensación es que han pasado una hora o más. ¿Se habrá estropeado el reloj?. Si así fuese sería una bendición para mis oídos aunque a la larga lo echaría de menos. No, es imposible, fue reparado hace ahora unos tres meses y el relojero me aseguró que hasta pasada una buena temporada no tendría que llevarlo a reparar. Lo raro es que intento moverme y no puedo, ¿estaré dormido finalmente y esto que estoy sintiendo es el resultado de un macabro sueño?, ¿y si la muerte o el purgatorio, o como demonios se llame, fuese esto?.

miércoles, 22 de febrero de 2012

"Amor", proyecto para adictos a la escritura mes de febrero


Tengo muchos nombres, aunque me identifico más con el de Amor; ya sé que es un poco “rarito” para un Dios como yo, pero así es como me llamo. Los griegos, que son muy apañados, me llamaron Eros, pero como más se me conoce es por su acepción romana, Cupido. 
Estos romanos me describían como un pequeño bebé alado en pañales con arco y flechas, pobres infelices, yo ni soy un bebé cagado ni utilizo ya arco y flechas para la ardua y a veces aburrida misión que mis padres me encomendaron al nacer, unir en el sentimiento amoroso a seres humanos (ya sea hombre y mujer, hombre y hombre, o incluso mujer y mujer, según la ocasión; no hago distinciones pues en ciertas culturas se encuentra penado por su Ley la discriminación por razón de sexo y, qué queréis que os diga, no es manjar de dioses que me manden a prisión y compartir mi existencia con ladrones, asesinos y malhechores, y mucho menos, ducharme con ellos). 
Yo soy un hombre adulto como cualquier humano, con bastante atractivo diría yo, pero con la salvedad de ser inmortal y de poseer poderes extraordinarios intrínsecos a mi cualidad de dios; el arco y la flecha fueron sustituidos, afortunadamente, a iniciativa propia después del fiasco que produjo al errar mi flecha uniendo, sin pretenderlo, amorosamente a una mujer rechoncha y poco agraciada físicamente con un perro faldero de hocico negro y boquita babeante; el que salió peor parado os podéis imaginar fue el perro, por polvos mágicos que dispensaba a uno y a otro previamente elegidos por mí para que el deseo anidara en sus corazones.
  Han dicho de Cupido muchas falacias con mejor o peor intención, como que no valgo para esto o me equivoco más que una escopeta de feria, pero se debe reconocer aun con los fallos que de seguro he cometido, mi dedicación a la causa. Las relaciones humanas son  enormemente complejas, existen multitud de factores, yo lo asemejaría a un puzzle gigantesco de un millón de piezas a las que debes encajar al milímetro una a una para que todo vaya como tiene que ir, y eso es una sola pareja, porque cuando se me acumula el trabajo y debo unir a cientos de ellas es la hecatombe, el “no-acabose”; si fuese humano se forrarían conmigo los psiquiatras especializados en estrés.
Tengo el tremendo honor de haber unido a parejas famosas que han formado parte de la historia; ahora me vienen a la mente la primera, Adán y Eva, así se les conocía, aunque ellos en la intimidad de su lecho se autodenominaban Pepito y Juliana; no me preguntéis la razón, me costó arduos esfuerzos, y debo reconocer alguna que otra cana, que se gustaran ya que estaban más pendientes de una manzana roja y brillante y de su mascota, una serpiente repulsiva, que de otra cosa.
Entre mis logros también se encuentran el bajito y bastante feo Napoleón con Josefina; fue duro pues Napoleón se llevaba todo el santo día de batallitas o jugando con sus soldaditos de plomo. 
Con el trabajo de Cleopatra y Marco Antonio me he sentido siempre muy orgulloso; eran tan diferentes que resultaba hasta patético el plantearse esa labor, una la reina de Egipto, chiquitita pero con enorme atractivo, el otro un petulante y orgulloso general romano; no pegaban ni con cola. La cosa acabó en tragedia, pero decidme alguno si merece la pena el amor sin plantearse, al menos un instante, morir por él.
Bill y Hillary Clinton, así como el “affaire” con Mónica Lewinsky, por ejemplo, también son de mi cosecha; todos me podréis achacar mi  desliz y mal hacer en este asunto, pero todo tiene su explicación. A Bill, la primera vez que lo ví no me cayó demasiado bien, su aire de chico que no había roto un plato en la vida y su ambición desmedida por conseguir ser alguien importante, el más importante de todos, hicieron que pensara decididamente que no le vendría nada mal una cura de humildad; reconozco que fue un divertimento para mí, una distracción de mi monótona función, pero creo firmemente que se lo tenía bien merecido y le hizo mejor persona.
Podría contar miles, millones de historias, pero ahora me voy a detener en una; nunca la oísteis antes pues se refiere a la unión de una pareja anónima, son mis favoritas. En los años noventa había dos personas que necesitaban consuelo, eran dos personas excepcionales, cada una con sus virtudes y miserias pero igualmente excepcionales, los llamaremos figuradamente Romeo y Julieta.
Romeo, un hombre de veintitantos años con relaciones de pareja fallidas en el pasado, en la intimidad reconocía que nunca conocería al amor de su vida; y Julieta, una chica de diecinueve años sin ninguna relación anterior en su haber, pero con ganas de encontrar al hombre maduro que la comprendiera. Lo preparé todo para que se conocieran en circunstancias algo extrañas; ni Romeo ni Julieta iban a salir aquella noche, tenían excusas muy buenas para quedarse en casa; para Romeo era que televisaban un partido de su equipo favorito; para Julieta simplemente le daba mucha pereza salir aquella noche de fiesta.
A Romeo lo llamó un amigo convenciéndolo de que saliera, al prometerle un ligue seguro en una fiesta organizada por la facultad de  Ciencias de la Información; a Julieta la llamó una amiga estudiante y le solicitó ayuda, pues necesitaban llenar la fiesta para poder visitar Praga en viaje de fin de curso. Romeo se enamoró al instante al ver aquellos ojos grandes color miel de Julieta; a ella le costó algo más fijarse en Romeo, y aunque en ese momento no lo supiera, ya empezaban a gustarle las maneras educadas de Romeo, su galantería y su forma de manejarse ante una mujer. Para mí fue una satisfacción enorme. Ambos, sin pretenderlo, habían conocido a su media naranja, a su otro yo, a la parte que los completaba. Estarán siempre juntos hasta el final de los días.  
Ya me despido que me pongo sentimental y puedo resultar pastoso, pero no quiero marcharme sin antes ofreceros un consejo gratuito: no desfallezcáis en el intento de conseguir el amor, no os conforméis con personas que no os valoren ni os respeten; tarde o temprano el amor os llegará y os vencerá. Si es verdadero lo sabréis.

jueves, 26 de enero de 2012

Para el proyecto del mes de enero de Adictos a la escritura "Micky"


Me llamo Micky y deseo contaros mi historia. Es una historia como otra cualquiera, con sus desgracias y penas pero también con sus alegrías y momentos felices. No recuerdo a mis padres, quizás nunca los tuve pero eso nunca me importó, la familia que me adoptó me colmó de todo lo que podía necesitar y más aún.
Los Tenenbum, que era el nombre de mi familia adoptiva, se podía denominar de particular para alguien que los observara de lejos, pero para mí eran lo único verdaderamente auténtico que había conocido; la conformaban Peter, su esposa Mary, y sus hijas Madeleine y Rose.
Mi primer recuerdo de los Tenenbum y puede que el primer recuerdo de toda mi existencia, eran las manitas frías de Madeleine, su voz fina y suave mientras tarareaba una canción angelical con letra que sólo ella conocía, y su tersa piel blanca de porcelana mientras me ofrecía sin yo pedirlo un abrazo infinito.
Madeleine era una niña dulce pero a la vez traviesa y juguetona, muy juguetona diría yo, y se de lo que hablo; nos llevábamos todo el día jugando a las casitas de muñecas, me enseñaba a vestirlas, a peinarlas y a acicalarlas; luego, sin saber una razón medianamente coherente, le movía el impulso de desvestirlas y volverlas a vestir aunque esta vez con ropas de noche aún siendo a media mañana, yo no entendía muy bien este comportamiento pero por el simple hecho de encontrarme a su lado y compartir con ella esos juegos me sentía feliz.
Yo, por mi forma de ser era callado, nunca se escuchaba mi voz, ya fuera por mi timidez o porque me daba pereza intentarlo. He hablado de pereza y no me duele en prendas reconocerlo, soy perezoso por naturaleza y seguía a raja tabla la regla de oro de la física, cuando un objeto está en movimiento tiende a estar en movimiento pero cuando un objeto está parado para que se mueva debe ejercerse una fuerza sobre él, quiere decirse que allí donde me encontraba allí era donde me quedaba y sólo cambiaba de lugar si algún habitante de la casa tenía a bien trasladarme a otro sitio. Esto, que en apariencia era un defecto, yo lo convertí en mi virtud pues me ofrecía la capacidad de observar todo lo que ocurría y de escuchar todo lo que se decía.
En cierta ocasión, no podría olvidarlo jamás, mi instinto me ofrecía señales claras de que algo no iba bien, yo me encontraba encima de la cama mientras Madeleine se disponía a jugar con unas cerillas en el otro extremo de la estancia, quería decirle que eso estaba mal, quería explicarle que era peligroso, quería gritarle y que me entendiera pero en cambio no hice nada, únicamente me dediqué a observarla. Vi entonces como se fueron sucediendo los acontecimientos sin posibilidad de intervenir, lo que nadie hubiese querido desgraciadamente sucedió, una de las cerillas encendidas se le resbaló sin querer de sus manitas delicadas con tan mala suerte de ir a parar sin control hacia una de las cortinas. Os podéis imaginar la escena, la habitación en pocos minutos prendió y parecía todo un horno en llamas, Madeleine llorando y gritando y yo haciendo de tripas corazón aunque en mi interior iba sintiendo poco a poco el escozor del miedo desgarrando mi cuerpecito. No duró más de cinco minutos, que me parecieron eternos, hasta que Peter abrió la puerta y con gran determinación vació del todo el extintor contra las llamas intensas e sobrecogedoras; el lugar quedó ennegrecido y algunos muebles calcinados, las cortinas se convirtieron en una tela quemada irreconocible y, aparte de un olor insoportable, no hubo nada más que lamentar, yo estaba intacto y Madeleine también aunque el susto no habría nadie que nos lo quitara; Ni que decir tiene que Madeleine nunca más jugó con cerillas, ni siquiera, os puedo asegurar, se acercaba a la cocina mientras su madre Mary o su padre Peter preparaban uno de sus famosos platos culinarios, fue un trauma para ella del que no se desprendió jamás, o simplemente era su excusa perfecta para dejar esa tarea tediosa y poco agradecida a otras personas.
Como lo bueno no dura siempre, Madeleine fue creciendo y decidió que ya era lo suficientemente mayor como para dejar de jugar conmigo, se dedicaba todo el santo día a estudiar encerrada en su habitación cual monja de clausura, y en los únicos momentos de ocio aposentaba su esbelto cuerpo en el sofá justo enfrente de un aparato cuadrado, mágico y misterioso, que una tarde trajo Peter por sorpresa a la casa con gran entusiasmo para todos excepto para mí; nadie quería jugar conmigo desde entonces y ya únicamente se dedicaban a mirar lo que de aquella caja mágica salía, se encendía y todos en silencio. No se explicar muy bien como sucedió pero los integrantes del clan Tenembum estaban hipnotizados con esa caja diabólica, en el almuerzo dirigían la mesa en un ángulo perfecto para verla, y en la cena sucedía otro tanto de lo mismo; Peter, que era un parlanchín empedernido, al llegar a casa ya no hablaba de lo que le había sucedido en el trabajo o de cualquier otra historia interesante de las suyas que a mi tanto me gustaban; Mary, por su parte, gran amante del chismorreo vecinal y que transmitía con su particular forma de contarlo, día sí y día también, a la hora de comer, ahora únicamente se dedicaba a mirar como embobada lo que acontecía en la pantalla en seriales con marcado acento latino de protagonistas con nombres largos y extrañísimos, aunque lo peor era comprobar que tanto Madeleine como Rose ya no querían pasar tiempo conmigo, simplemente me ignoraban como si ya no existiese. 
Tengo que reconocer que Rose nunca fue una niña a la que le gustara jugar con su hermana o conmigo, la mayoría de las veces lo hacía sola, su pasatiempo favorito era pintar sus cosas en un papel con su estuche de colores. Yo, si estaba cerca, jugaba a interpretar aquellos trazos inconexos y sin sentido, — eso podía ser un coche o aquello otro era de seguro el fiel reflejo de un jardín de hermosas flores, me dedicaba a pensar—, pero desde que el aparatejo dichoso entró por sorpresa en nuestras vidas ya nada fue como antes, y os aseguro que nunca fue mi intención pasar por el aro y hacer como borrego lo que todos hacían, esa caja era mi enemigo y como tal no podía plegarme a sus influjos, pero que podía hacer si no; al principio directamente miraba con motivo de reproche para otro lado, en otras ocasiones lo hacía con un sólo ojo con cierta curiosidad sin que se notara mucho y, finalmente, ya sin cortarme un pelo y sin importarme el que dirán, acabé por  rendirme por completo, debo hasta reconocer que me aficioné a cierta serie que trataba sobre una familia y un vecino pesado y torpe que no hacía otra cosa que inventarse sin querer trastadas y cortejar, sin éxito, a una de las hijas; me transportaba a momentos felices para no reflexionar en mi actual situación.
Pasé de ser la estrella de la casa a un simple trasto, a un mueble decorativo, los años habían transcurrido pero yo aún me veía reluciente como el primer día, era frustrante la idea de formar parte de los olvidados de la sociedad, de los prescindibles, de los inútiles, aún me quedaba mucho que dar, la ilusión no me faltaba, sólo necesitaba una nueva familia adoptiva y un niño con ganas de pasarlo bien con un osito de peluche esponjoso de grandes orejas y nariz puntiaguda, de ese modo volvería a sentirme yo mismo, volvería a ser de nuevo Micky.

viernes, 23 de diciembre de 2011

Relato corto para Adictos a la escritura "Navidades negras"


El cielo estaba nublado en aquella gélida mañana de un domingo día 25 de diciembre. Se escuchaba el silencio sólo roto por el respirar agitado y descompasado de Julius Straton. Su cara transmitía desasosiego, un desconsuelo infinito y una profunda tristeza que no podían sus ojos disimular. Esa mañana sería la última de su existencia; había decidido suicidarse tirándose de la azotea de un octavo piso del edificio donde residía; estaba asqueado con todo, ya no le quedaba nada por lo que luchar, estaba vacío de toda ilusión por vivir su frustrada e intrascendente, en su opinión, vida.
 La navidad, sinónimo para todos los mortales de diversión, regalos y confraternización familiar, para Julius era indicativo de penuria, tristeza y desolación; todos los acontecimientos amargos sufridos en su vida, al menos los más transcendentes, se habían producido, curiosamente, en navidad y pensó —qué mejor fecha para quitarme la vida que en estos días—.
 Julius, como a cámara lenta, hizo el esfuerzo, primero una pierna y luego la otra, de subirse con un respingo al saliente de la cornisa donde precipitarse al vacío; su mente estaba ensimismada en el terrible acto que se disponía a acometer y sus movimientos parecían mecánicos, como realizados por un robot programado para llevar a cabo su fin y, aunque no fue premeditado, se empezaron poco a poco a agolpar en su cabeza multitud de pensamientos que le parecían tan lejanos como si no los hubiera vivido ni sufrido él. 
 Curiosamente, el primer recuerdo que le vino a la mente fue ese día de navidad a la edad de seis años cuando su padre, con una sonrisa de oreja a oreja, le ayudaba a abrir la voluminosa caja de cartón que contenía como regalo su primera bicicleta: era de un color rojo brillante con manillar de toro y marchas en su cuadro asemejando una caja de cambios de un coche; recordó con gran claridad lo que sintió ese niño con su regalo más preciado, rememoró de nuevo aquel olor a tostadas y café recién hecho que salía de la cocina, la expresión de ternura en la cara de su madre; la sensación al probarla por vez primera de su sillín mullido, la libertad al notar el viento cómo arremolinaba su pelo cuando bajaba por la calle principal de su barrio, y de los momentos tan especiales vividos con ella. 
 Ese pensamiento idílico se tornó bruscamente en otro más sombrío, aquél que no pudo olvidar jamás y que marcó a partir de entonces toda su existencia. Ese muchacho feliz de doce años, jugando un 25 de diciembre con un coche teledirigido en el patio de su casa, mientras un patrullero de policía se paraba al otro lado de la calle y del mismo salía un Agente joven, alto y corpulento, impolutamente uniformado, con gomina en ese cabello rubio repeinado con raya a un lado que, con expresión apenada, venía a informar del desgraciado accidente del Señor y de la Señora Straton cuando su vehículo, al descontrolarse por circunstancias desconocidas, se despeñaba por la carretera comarcal al otro lado de la ciudad, —fallecieron en el acto, no sufrieron—, acertó a decir con clara tartamudez el Teniente, al que se le notaba a leguas lo difícil que le resultaba aquel encargo tan desagradable. 
 “Fallecieron en el acto”; esas palabras volvían a retumbar en su cabeza, su vida se había transformado como de la noche a la mañana en un instante, la mala suerte se había cebado con él sin compasión, quebrando a partir de entonces sus fuertes creencias religiosas, —un Dios bondadoso, magnánimo y sabio nunca hubiera podido consentir tamaña injusticia—, se fustigaba Julius cada vez que su mente se enfrentaba al recuerdo de la muerte de sus padres. 
 Los siguientes años agriaron definitivamente el carácter de por sí callado y tímido de John, estuvo hasta su mayoría de edad en el Centro Estatal de Adopción “Humpshare”, reconocido no sólo por su gran labor con los chavales huérfanos de cara al exterior sino también por su férrea disciplina, casi espartana, con los chicos que tenían la desgracia de vivir en ese lugar. El Director del Centro, Sr. Hilton, era un déspota y un autoritario hijo de puta, apelativos en cualquier caso cariñosos para lo que habitualmente pronunciaban los muchachos dirigiéndose a él; se podía leer a boli en las puertas de los lavabos las siglas “H.H.P.”. Nadie que trabajara allí supo nunca qué era lo que significaban, aunque era evidente la respuesta: Hilton Hijo de Puta.
 En ese momento, recordó los castigos que el Sr. Hilton le infringía por cosas nimias, como no sentarse derecho a la mesa o dejarse comida en el plato. El cuarto oscuro, que así era como lo llamaban, era su segunda habitación en el centro para Julius; un lugar cerrado, sin luz ni ventanas, con la soledad como única compañera y con un cuenco de algo pastoso que no supo nunca identificar, por su ausencia de sabor, como alimento dos veces al día.
 Se sentía inútil, acabado, más aún cuando le llegó a su mente el recuerdo del día de ayer; eso fue demasiado para Julius. Amaia, que era su novia y la persona a la que más quería en este mundo, rompió con él para siempre; estaba harta de sus depresiones continuas y de su mal carácter, por lo que cogió sus cosas y simplemente se marchó de su casa, no sin antes espetarle a la cara una frase lapidaria —contigo es imposible vivir, no me extraña que no tengas amigos, lo malo que te pase en esta vida te lo tienes merecido—. 
 De nuevo, sus ojos se le nublaron e irremediablemente brotaron de ellos  lágrimas de amargura. Se sentía sin nada que ofrecer a nadie y mucho menos a este mundo cruel del que desgraciadamente era parte. En ese momento quiso desaparecer, quitarse de en medio de una vez por todas; hizo el primer ademán para tirarse y  acabar así para siempre su tormento. Su mente, confusa y fatigada, le ordenaba  que acabase con lo que había venido a hacer, pero su cuerpo se quedó inmóvil, rígido y casi inerte ante la idea de su inminente muerte. Una sensación nauseabunda y un frío desgarrador se fueron apoderando poco a poco e inevitablemente de él; se aproximaba el fin y lo sabía, deseaba saltar y lo hubiese hecho de no ser por lo que a continuación sucedió, algo sorprendente y único que nunca antes había acontecido en su ciudad de clima templado incluso en invierno: pudo observar cómo del cielo se precipitaban pequeños copos de nieve que se deslizaban suavemente sobre su cara desnuda mientras le hacían tomar conciencia de que aún estaba vivo.
 La desesperación que hasta entonces había dominado sin control sus actos se había tornado, como por arte de magia, en una profunda paz, y la tristeza en alegría; no podía comprenderlo pero así es como sucedió; sentía amplificada y magnificada cómo corría por sus venas la sangre rica en oxígeno y de qué forma la misma bombeaba a ritmos acompasados su corazón; pudo observar cómo el mundo, aun siendo el mismo que momentos antes, le parecía diferente, más intenso, más brillante, más espectacular; se sintió importante, único y una idea redundante comenzó a adueñarse de su mente y de todo su ser: si era verdad que nevaba ocurría sin duda por él; los astros se habían confabulado para obrar el milagro de salvar una minúscula e insignificante vida y Julius pensó —quién soy yo para llevarles la contraria—. 

sábado, 17 de diciembre de 2011

Cosas que tanto odio (volumen 2)


Siguiendo con las cosas que tanto odio, podría decir que odio y mucho los que conducen por la izquierda en las autovías o autopistas, en las mayorías de las ocasiones circulando a velocidad más lenta de la permitida, ¿es que no se enteran que ese carril es exclusivamente para adelantar?. De igual forma, odio los coches loros, o sea aquellos coches con el volumen de la música a todo trapo, molestando no sólo a otros coches que se encuentran cerca de ellos sino además de los pobres peatones que deben sufrir, en la mayoría de las veces, ese “ruido” estridente que no se puede llamar melodía.
Odio mojarme las gafas en un día de lluvia, y aún con paraguas odio llegar a casa con los bajos de los pantalones mojados. Odio coger la moto un día de lluvia, más que odio siento un poco de canguelo que me produce al pensar que vaya a caerme con el firme lleno de agua, sobre todo al paso de las lineas pintadas.
Odio ver perder a mi equipo, la violencia en el fútbol y el comprobar que el “trencillas” de turno, dícese del árbitro vestido de negro, amarillo o rosa, trate de modo diferente, sin motivo aparente, a uno y otro equipo.
Odio intentar hablar en un grupo de personas y no sea capaz porque los demás no me dejen.
No veáis como odio, y cambiando de tema, estar en un supermercado y que no haya carros de la compra, teniendo que utilizar esos carritos de plástico de dos asas que te dejan la espalda para muy pocos trotes, pero lo que odio más aún es al pedir bolsas de plástico para introducir la compra en la caja y que éstas no se abran por estar literalmente “pegadas”, sobre todo cuando hay personas esperando su turno y pensando “menudo idiota será que no es capaz ni de abrir una vulgar bolsa, madre mía como lo odio.
Odio que en el trabajo, esto ocurre habitualmente cuando más cosas tengo que hacer y poco tiempo para hacerlas, se me bloquee el ordenador o me vaya tan lento que me sea imposible trabajar.
Desde un punto de vista escatológico, y so pena de afectar sensibilidades, odio y mucho estar en casa ajena, por ejemplo en casa de los suegros, y tener tanta gana de ir al baño y aguantarme por vergüenza a que por casualidad alguien entre posteriormente a hacer mi trabajito en dicho baño y se tope como quién no quiere la cosa con esos “olores que alimentan”.
No es odio pero me exaspera cuando escucho hablar en alemán, es superior a mi, las carnes se me ponen como escarpias con esos sonidos y esas entonaciones, en definitiva no lo soporto. Esto no se porqué me ocurre y por supuesto no tengo nada en contra de ese país ni sus nacionales, no se me entienda mal, es simplemente una apreciación completamente subjetiva y supongo que a nadie más le ocurre.
Odio discutir y que la gente que está a mi alrededor discuta, no al estilo Sheldon Cooper de la serie The Big Bang Theory, pero casi.
Odio que me suene mi móvil por un asunto de trabajo los fines de semana o fiestas de guardar.
Tengo que reconocerlo, odio el sentido mercantilista de estas fechas navideñas, el tener que comprar “por obligación” los regalos porque a “El Corte Inglés” y otras se le ocurrió que en diciembre había de gastarse “los dineros” en esos menesteres. Y hablando de esto, odio los spots publicitarios a todas horas de colonias, juguetitos de niños y demás, realmente no lo soporto.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Relato corto "La verdad oculta"


Sus manos estaban manchadas de sangre, de sangre sucia, pringosa, sangre roja oscura casi negra, espesa, en la frontera de la absoluta coagulación, se encontraba postrado en el suelo, en cucliillas, no sabía que había pasado, sus músculos no reaccionaban a las ordenes de su cerebro, estaba inmóvil, quería gritar, gritar bien fuerte, pero sus palabras desgarradas se ahogaban sin posibilidad de salir de su boca reseca, miraba más no veía, la escena dantesca a su alrededor se mostraba frente a sus ojos desenfocada como en un pase de película antigua, deseaba escapar, evadirse de aquel lugar pero su conciencia si algún día la tuvo ya no respondía a ningún estímulo.
Pasaron horas o quizás minutos, no supo discernir cuanto tiempo hubo transcurrido, la sensación nauseabunda volvió y se sintió a morir y pensó que todo lo que quiera que ocurriera fuera un sueño, un mal sueño en noches oscuras y sombrías de invierno, y viajó, sí, viajó sin saber como al cerrar los ojos a un prado de un verde casi irreal, el sol se encontraba en lo alto del cielo manifestándose grande y majestuoso, haciéndose notar, podía andar y moverse a libertad. Observó una mariposa de colores vivos y extraordinarios y empezó a seguirla primero con la mirada y luego corriendo con decisión hacía ella, pudo hasta tocarla un instante con sus dedos, al oído de una vocecita se volvió y comprobó con satisfacción que aquella voz pertenecía a un niño moreno y pecoso con amplia melena, ojos redondos color miel y carita de pillo que le sonreía y pronunciaba con gran emoción una palabra, “papá”, si, empezaba a recordar, tenía una familia y ese sin lugar a dudas era su hijo, le cogió de su mano temblorosa, casi etérea, y ambos empezaron a tararear una vieja canción de cuna que su madre le cantaba de crío “Así es, así es, un niño bueno serás, si eres obediente recompensa tendrás, lalala”, la felicidad le traspasaba, invadía e inundaba por cada poro de su cuerpo sin que hubiera posibilidad de resistirse ante tamaño gozo, pero esa estampa idílica de un paraíso terrenal duró bien poco, lo que anteriormente eran prados brillantes y un sol maravilloso se tornaron en cuestión de segundos en noche cerrada, las primeras gotas de lluvia comenzaron a caer casi imperceptiblemente para luego convertirse en una estruendosa manta de agua cayendo violentamente a modo de tormenta eléctrica con rayos y truenos que lo empezaba a inundar todo, su hijo que se encontraba a su lado ya no estaba, ¿como era posible?, ¿donde se había escondido?, miró por doquier, a un lado y a otro, y así una y otra vez, en actitud nerviosa, pero no lo halló, se había esfumado como en los trucos de magia cuando el mago con enorme sombrero y varita en mano hacía desaparecer con retumbe de tambores tras un espeso humo a la chica de turno, se sentía ahora sólo y desamparado como nunca antes. Divisó entonces unas pisadas en la tierra húmeda que empezaba poco a poco a enfangarse, eran sin duda pisadas de niño, quizás incluso de su hijo, de quién si no y, sin pensarlo dos veces, las siguió como el indio que sigue el rastro del búfalo a cazar, no eran muy profundas y apenas se distinguían en ese prado mojado pero sabía que no podía dejar de seguirlas, y finalmente, esas pisadas se perdieron a la orilla de un lago tenebroso, sintió entonces un miedo irracional casi primitivo del hijo perdido y no encontrado, la lluvia ya le calaba hasta los huesos, la podía sentir como parte de su cuerpo empapado y quiso entonces guarecerse por puro instinto y a la carrera buscó a su alrededor un lugar donde encontrar cobijo cuando a lo lejos divisó, no sin esfuerzo una casa que le era familiar aunque desconocía la razón de aquella sensación, había luces dentro una vez hubo llegado al porche de su entrada y sin pensárselo un momento se aproximó al picaporte de la puerta y con un golpe seco la accionó, comprobando no sin sorpresa que la puerta se abría y como si de su casa se tratara hizo, sin pensar, mecánicos movimientos con los pies embarrados frotándolos sobre el felpudo de la entrada donde se podía leer la palabra “welcome” y haciendo suya la expresión, entró.
El hall de entrada que daba al salón se encontraba iluminado, una lámpara de seis bombillas que asemejaban a unas velas pendía del techo como dándole la bienvenida, el recibidor era discreto y sólo se vislumbraba un mueble antiguo aunque bien conservado con marcos de fotos en su repisa, todas ellas de paisajes de distintos lugares reconocibles para él, sin que sorprendentemente apareciera ser humano alguno, en el salón un sofá enorme de unos cuatro metros y una mesa cuadrangular de diseño, también antigua, presidían la estancia, observando que en dicha mesa habían dos copas de vino tinto casi acabadas así como restos de ropa de hombre y mujer desperdigados por el suelo. No supo como pero su instinto le decía que debía adentrarse en aquella casa y desentrañar un profundo secreto que se resistía a salir a la luz. Con paso firme y decidido se fue aproximando a un pasillo que servía de distribución para las habitaciones, sabía que debía dirigirse a la habitación del fondo pues de ella salían voces huecas y ruidos de gemidos. Al aproximarse al umbral de la puerta tuvo miedo, como si no quisiese conocer que era lo que se escondía tras ella pero finalmente miró, era su mujer, sí, su mujer y un tipo alto y musculoso desnudos haciendo el amor brutalmente en la cama de matrimonio, sin pensarlo dos veces se dirigió a la cocina y tras abrir el cajón de los cubiertos sacó de el un cuchillo jamonero de enormes dimensiones con una sola idea en la cabeza, no podía consentir tamaña infidelidad y la traición que acababa de sufrir, la ira le embargaba sin que pudiera reflexionar en lo que era mejor y oportuno en esos momentos.
Sus ojos nuevamente se abrieron, seguía estando en cuclillas reposando el tronco de su espalda sobre los talones y sin poder mover un músculo de su cuerpo, mareado, muy mareado, pensó, —Dios mío, que he hecho, ¿he sido capaz de asesinar a mi mujer y su amante sin compasión?; no, no puede ser, ha sido un sueño, un mal sueño, y mi hijo, ¿donde está mi hijo?, ¿maté a mi hijo también?—. En ese momento tuvo un flash de lucidez y le vino a su mente la experiencia de una sensación extraña y repugnante, el introducir la hoja fría de cuchillo una y otra vez, sin cesar, en carne inerte, sin vida, mientras salía a borbotones gran cantidad de sangre caliente; —es imposible, yo no soy un asesino, quiero vivir en paz en ese prado verde en compañía de mi hijo para siempre, para siempre—.
Ruidos y gritos por doquier, unas personas que no supo en ese momento distinguir entraban y salían de la habitación y finalmente con gran determinación se lo llevaron en camilla de allí, le hablaban pero ya no escuchaba, era como ruidos disonantes sin ningún sentido, no cabía vuelta atrás, había perdido por completo la cabeza para no recuperarla nunca jamás, su cerebro dijo basta de tanto sufrimiento, todo lo ocurrido y la posibilidad cierta de ser un asesino capaz de sesgar la vida de su mujer e hijo fueron demasiado para él, y se quedó en su mundo sin retorno de ensoñaciones donde era feliz en compañía de su niño amado en ese paradisíaco prado verde de brillante sol.
Pobre infeliz, nunca supo la verdad de lo ocurrido, él tenía razón, no era un asesino. Aquella aciaga tarde llegó a su hogar más temprano de lo normal, su Jefe le había permitido marcharse antes, la semana había sido dura pero sobre todo muy fructífera para la empresa donde trabajaba, gracias a su esfuerzo y dedicación se había conseguido un cliente que les reportaría pingues beneficios, sobre todo para los dueños, —que menos—, pensó él, que le permitieran salir tres horas antes de la estricta jornada laboral que desde hacía diez años le ligaba. No era habitual ni mucho menos esa actitud para sus empleados pero ese día supongo que su Jefe se sentía feliz y generoso, quién sabe, lo cierto fue que esa generosidad resulto ser su perdición.
Al llegar a casa su instinto le dijo que algo no iba bien, observó dos copas de vino tinto casi acabadas en la mesa del salón, unas prendas tiradas por el suelo y unas voces huecas que provenían directamente del dormitorio principal, corrió hacia allí y al entrar se le cayó el mundo encima, no podía creerlo, era su mujer desnuda con un hombre haciendo el amor en su cama, en la cama donde se acostaban cada noche, —¿podría existir tamaña traición?—, su primer pensamiento fue de matarlos, primero a uno y luego al otro, a sangre fría, con ese fin se desplazó sin hacer ruido a la cocina para conseguir un arma lo suficientemente potente para ese cometido, encontró un cuchillo jamonero y lo cogió pero no pudo traspasar el umbral de salida de la cocina, no era un asesino, se postró sobre el suelo y pensó ¿que me queda en esta asquerosa vida?, un trabajo del que no estaba orgulloso ni se sentía feliz, una esposa infiel, la nada, con este pensamiento se cortó las venas, su vida ya no tenía sentido y esta experiencia amarga sería su final, lo demás fue fruto de su imaginación y de la falta de la sangre que brotaba de sus heridas sin que nadie pudiera impedirlo. Pasados varios minutos de aquello, el amante de su mujer queriendo reponer fuerzas de una tarde loca, se encontró con la escena al entrar en la cocina, —vaya mala suerte había tenido, quién le llamaría echar un polvo con una mujer casada, ni siquiera era mi tipo, ¡tierra, trágame!—, reflexionó desconsolado. Llegó la ambulancia pronto y se llevaron al moribundo de allí, pudieron salvarle la vida pero su mente ya nunca más se recuperaría. 
La razón de que su hijo moreno y pecoso no estuviera en la casa cuando ocurrió todo tenía una explicación dramática, este niño feliz y travieso, murió ahogado hacía dos años mientras jugaba cerca de un lago al lado de una casita que alquilaban en verano cuando aún la vida les sonreía, ese día debía haber estado con él pero desgraciadamente no estuvo, se quedó en el cobertizo de la casa arreglando una lámpara de seis bombillas a modo de velas que desde hacía unos días no funcionaba, el sentimiento de culpa nunca le abandonaría y probablemente esa fuera la excusa perfecta en un estado de desesperación absoluta para decidir acabar con su vacía vida. 

Cosas que tanto odio


Lo reconozco, hoy me he levantado con el pié izquierdo y me he decidido a escribiros un post sobre las cosas que odio, algunos os mostraréis identificados con lo descrito en este artículo, otros en cambio no, para gustos colores.
No sé si os ha pasado alguna vez pero odio la tensión que se produce dentro de un ascensor, sobre todo si es pequeño y hay varias personas dentro, nos mostramos nerviosos, como si fuera necesario hablar o decir algo, una sensación extraña pero que te deja con un desasosiego difícil de describir.
Odio, y mucho, encontrar una caca de perro en la calle, y os podéis imaginar cuanto odio si esa caquita la piso sin darme cuenta, pero odio mucho más, como un millar de veces más, la falta absoluta de civismo cuando el dueño del perro deja a conciencia y sin importarle lo más mínimo la caquita o cacota para que otros puedan toparse con ella.
Siento odio cuando voy a pedir a la barra de un bar o cafetería y soy invisible a los ojos “expertos” del camarero de turno, sobre todo cuando otro cliente llega después de mí y es servido de inmediato.
Odio las colas que se producen en una ventanilla de un Organismo oficial o sucedáneo, pero odio más aún si al llegar a ser atendido el/ chico/a se encuentra hablando por teléfono con su madre o amiga sobre que ropa comprar sin importarle la falta de educación e indecencia que supone el hacer esperar a las personas por esa estupidez que nada tiene que ver con su trabajo. Además odio a aquellas personas que se dedican a la atención al público y sean secas, malajes o saborías, o simplemente se comporten de manera chulesca por el cargo que desempeñan, no se enteran que en la mayoría de las veces sus ingresos provienen directamente de nosotros que pagamos impuestos.
Me repulsa y por ello siento odio de aquellas cadenas de televisión en las que siempre están discutiendo a grito pelado y aquellas otras que mercadean con la vida, decente o indecente, de los demás, o las que, en cambio, conceden grandes cantidades de dinero a familiares de asesinos confesos para hablar de ellos.
Siento un profundo odio por aquellos “jefes” que se dedican a hacer la vida imposible a sus subordinados, y más aún cuando no valoran lo que realmente valen sus trabajadores, o simplemente no les pagan lo que se merecen.
Odio profundamente a aquellas personas que por tener éxito son capaces de poner zancadillas a los que encuentran a su paso e incluso pueden llegar a vender a su madre por conseguir sus objetivos.
Siento repugnancia de aquellas personas que no sufren tirando ingente cantidad de comida en su casa mientras otros muchos se mueren de hambre en distintos lugares no tan alejados de ellos.
Odio, y mucho, a aquellos pseudo-amigos que se han pasado años sin interesarse por nosotros y un santo día te llaman porque necesitan pedirte un favor.
Odio la falta de educación, odio al que no contesta nada a los buenos días, odio al que se cree superior a otro ser humano, odio al que es capaz de hacer daño, cualquiera que sea, a una mujer o a un niño, y sobre todo, odio profundamente al que se lucra del daño ajeno, a los violadores que doblegan a personas inocentes a hacer su voluntad y a los proxenetas que utilizan a pobres chicas, en la mayoría de las veces engañadas y amenazadas, para ganar dinero.

En definitiva, odio a esta sociedad corrupta y malintencionada en la que nos ha tocado vivir que premia a los chorizos de guante blanco sin corazón ni sangre en sus venas en detrimento de aquellas personas honestas que luchan día a día con sudor y lágrimas para sacar adelante a su familia.