jueves, 5 de septiembre de 2013

El ego del escritor

El otro día me encontraba charlando de lo divino y de lo humano con unos amigos y salió, casi sin querer, el tema del ego del escritor. La conversación resultó sumamente interesante para los presentes y aquí en mi blog, santo templo de mis pensamientos, deseo contaros mi opinión al respecto.


Es cierto que el ego de una persona puede demostrarse independientemente de la profesión a que se dedique. Concretamente, a la profesión a la que le ofrezco, sin dudarlo, la mayoría de mi tiempo que es, como muchos ya sabéis, la de abogado, podría identificar con nombres y apellidos a algunos de mis colegas cuyo ego es más grande que el Estado de Nueva York aunque, no es menos cierto, que el ego del escritor es visible a leguas sin necesidad de que nadie nos lo cuente, las razones de ello las desconozco.



No soy psicólogo ni pretendo serlo pero ellos, quizás, no diferirán mucho conmigo en la apreciación de que el ego se puede asemejar a un complejo de inferioridad padecido en el pasado que a la edad adulta se transforma en el "yo soy el mejor de todos, el puto amo"; o igual es la consecuencia de un mecanismo de defensa de su cerebro al sentirse importantes. Sea como fuere, en el escritor ya consagrado como aquel que empieza a ser famosete, resulta sintomático ese cambio de postura, al menos a mis ojos inocentes.



En honor a la verdad debo decir que de los escritores o escritoras que conozco (pienso que bastantes en número y en calidad literaria), la gran mayoría de ellos o ellas no sufren de ese mal endémico, aunque "haberlos haylos". Las señales que transmiten todos las conocemos: miran por encima del hombro al que creen inferiores, se unen como en un gheto con otros de su misma condición no dejando que los demás de los mortales accedan a ese círculo de confianza, suelen ser amables y condescendientes con su prójimo pero no le pidas cercanía o empatía pues no te la trasladarán.



No deseo con este artículo crear ningún tipo de polémica pues poseo grandes amigos escritores que no quiero que puedan verse dolidos e identificados con mis palabras (algunos o algunas me han ayudado cuando los he necesitado y por ello merecen todo mi respeto y consideración más absoluta), pero si es así viene como anillo al dedo la expresión castiza de "el que se pica ajos come".



Por último, mis queridos lectores, deseo rogaros que si algún día me veo infectado por ese virus del demonio al publicar una novela o varias de ellas, hacedme el tremendo favor de contármelo sin dilación y sin ningún tipo de reparo o miedo, sabré recompensaros por vuestra sinceridad pues opino, ahora que soy un proyecto de escritor, que la humildad y ayudar con tu experiencia a personas que pudieran precisarla, es de los mayores regalos que un ser humano puede ofrecer a otro. 


domingo, 1 de septiembre de 2013

La vida de otro (relato corto)


Me hallaba en la cama, no podía dormir. Una sucesión de imágenes sin sentido se sucedían en mi cabeza y no dejaban que el reparador descanso que necesitaba se hiciera realidad.

Me levanté sin mucho esfuerzo (eso a veces me funciona contra el pertinaz insomnio), y aun estando acostumbrado a la oscuridad, no lograba reconocer mi habitación. Donde se suponía que debía estar la puerta de acceso al cuarto de baño del dormitorio principal existía únicamente el tacto inconfundible de una pared fría. No quise encender la luz para no despertar a mi querida esposa y me acosté de nuevo con una sensación extraña. Con gran fortuna para mí, concilié el sueño enseguida.

Una pesadilla con enormes monstruos deformes que deseaban mi muerte, mientras lo destruían todo a su paso y yo intentaba sin mucho éxito escapar de ellos, consiguió despertarme con el corazón latiéndome a mil por hora. Debían de ser las cuatro o las cinco de la madrugada y mi despertador sonaría sin compasión en unos pocos minutos, ya que mi trabajo de Broker al que detestaba pero me ofrecía la posibilidad de tener lo que tenía, requería mis servicios. Casi por instinto acudí al regazo de mi mujer pero la cama incomprensiblemente se encontraba vacía. De un respingo me incorporé cual resorte mecánico y acudí a pulsar el interruptor de la electricidad de mi mesita de noche, pudiendo hallarlo a duras penas. Al iluminarse la estancia no pude creer lo que se me presentó ante mis ojos; una estancia muy distinta a la que hasta entonces había sido mi lugar de descanso: la habitación era muy pequeña, de apenas unos cuatro metros cuadrados, estrecha y rectangular, con muebles baratos sin demasiado gusto y el cuadro de un lugar que me resultaba muy familiar a lo alto del cabecero de una cama que no era la mía.

Recorrí el humilde y destartalado piso con la intención de descubrir alguna minúscula pista del por qué me hallaba en ese infecto lugar, pero no supe conseguir una respuesta convincente. ¿Qué fue de mi apartamento en la Quinta Avenida y de mi amada Any?; ¿me estaré volviendo loco?; ¿es todo un sueño?. No se cómo pero acabé en el suelo vomitando lo que debió ser mi cena de anoche; todo muy asqueroso.

Decidí que quizás me vendría bien una ducha fría, e hice de tripas corazón en ese cuarto de baño que había sido pasto de los cerdos, o poco le quedaba. Acudí al armario del dormitorio y sólo pude divisar varios pantalones vaqueros desgastados y sucios, y algunas camisas a cuadros bastante impersonales. Salí a la calle, pues estaba desorientado con esa bocanada de una supuesta realidad desconocida para mí. Las calles, en apariencia similares a como las recordaba, parecían distintas, como si hubiese pasado el tiempo y nadie me hubiera avisado. Casi de manera mecánica mis pasos me dirigieron al lugar donde trabajo en la torre norte del World Trade Center, y una sensación de agobio comenzó a apoderarse de mis sentidos a medida que me iba acercando, pues toda la manzana había cambiado radicalmente, las torres, que antaño habían sido el santo y seña de esta ciudad de negocios, ya no podían mostrarse orgullosas al mundo enseñando sus virtudes; simplemente habían desaparecido del mapa: ¿qué fue de ellas?; ¿y qué había sido de mi ocupación laboral?.

Hundido en mi propia miseria, caminé sin rumbo durante horas que resultaron eternas; no podía comprender lo que había sucedido en mi ciudad y en mi mente para olvidarme de todo; quizás el recuerdo fuese tan traumático que quisiera no recordarlo jamás y, en ese preciso momento, la imagen del cuadro que me resultaba tan familiar volvió a mí: un bombero rodeado de escombros, humo y desesperación, llevando en brazos el cuerpo desvalido de un hombre. 

viernes, 9 de agosto de 2013

La cara (capítulo 3). El encuentro

A David le costó mucho decidirse a llamar a Sara. Por un lado, se encontraba ansioso e incluso excitado de volver a escuchar la voz de la dulce muchacha; por otro, nervioso por cómo iba a reaccionar y por si era buena idea el contarle lo sucedido. Se armó de valor y descolgó su teléfono, marcando con dificultad los números de su compañera.

-- ¿Dígame? -- Dijo Sara con curiosidad por conocer quién era su interlocutor.

-- Hola, Buenas tardes, Sara. No sé si sabes quién soy, David Templar -- pronunció el Jefe de Marketing con evidente apuro y desconfianza en su tono de voz.

Sara se sorprendió al recibir la llamada de David después de lo ocurrido la noche anterior. No le cuadraba ese presunto interés en ella tras su desplante. Igual las habladurías se equivocaban y David no era lo que ella había pensado que sería; quizás fue muy injusta con él. De hecho, se encontró tan a gusto en su compañía que podría decirse que deseaba haber errado en su percepción.

-- Ahh, Hola David, qué sorpresa, ¿qué se te ofrece?.

-- Sara, a ver cómo te lo explico. Necesito verte. Me ha ocurrido una cosa muy extraña esta mañana y quería saber tu opinión.

-- ¿Extraña?, ¿cómo de extraña?. Supongo que ahora me vendría bien un café y me lo cuentas; no puedes dejarme con la intriga. ¿Conoces la cafetería Wilson en la calle Churchill?. Es una cafetería que me encanta -- expresó Sara con esa naturalidad tan característica de su personalidad.

-- Sí, la conozco; perfecto, ¿a las cinco y media es buena hora?.

-- Genial y, por cierto, me ha gustado mucho que me llamaras. Hasta dentro de un ratito.

Una vez pronunciadas esas palabras, Sara se arrepintió inicialmente de la sinceridad demostrada pero, al fin y al cabo, era la verdad y la chica podría pecar de prejuzgar a las personas o de mostrar una coraza a los hombres para evitar sufrir el rechazo, pero la franqueza no estaba dentro de sus defectos, aunque no lo manifestara la noche anterior.

A la hora señalada David se encontraba esperando en la puerta de madera color rojo de la entrada de la cafetería, y al llegar Sara pasadas las cinco y cuarenta se preocupó sobremanera al ver su expresión; era una mezcla entre pavor y seriedad que no vaticinaba nada bueno. Se saludaron de modo cortés a la manera inglesa y se sentaron al fondo, en la única mesa que se encontraba libre del local. David le ofreció a Sara la silla para sentarse, como todo un caballero. Una vez ambos se acomodaron en sus respectivos asientos, David comenzó a hablar.

domingo, 28 de julio de 2013

Encerrado. Un homenaje a Emile Griffith, el boxeador cinco veces campeón en los años 60

Emile Griffith se hallaba postrado en la cama de una inhóspita y deprimente habitación de un hospital cualquiera. El antaño cinco veces campeón del mundo de boxeo de los pesos welter y medio en los años sesenta, famoso por matar, mientras luchaba en el cuadrilátero, a su compañero de profesión Bennie Paret, y también, a su pesar, por su condición homosexual en ese mundo de machos, se encontraba ante el mayor combate de su existencia, su cercana e inminente muerte. Todos decían que la demencia que padecía le había hecho olvidar quién había sido pero eso no era del todo cierto.

“Las ideas se confunden en mi cabeza. Recuerdos sesgados de un tiempo mejor, opulencia y desenfreno. No logro discernir a que me dedicaba pero un olor fuerte a sudor intenso mezclado con lejía a granel y un dolor indescriptible en todo mi cuerpo me hacían sentirme vivo, único, el mejor.

En mi mente retumban sin control ecos ensordecedores de un público entregado gritando mi nombre y yo, en justa correspondencia, me veo a mí mismo haciendo el ademán del saludo como si de una estrella se tratara. Pero no, no me siento una celebridad quizás por un sentimiento de culpa extraño que me corroe las entrañas y me quita poco a poco las escasas fuerzas que aún conservo. La razón y el motivo, no las se.

El tormento que ahora sufro no es físico y nada tiene que ver con la culpa sin nombre, sobrepasa con creces todo lo inimaginable: ¿es un crimen ser homosexual?, ¿que le importa al universo el ser lo que soy?, ¿he hecho daño a alguien?, ¿he matado a alguien para que me hagan sentir mierda por ser así?”.

Esas preguntas sin respuesta martilleaban sin cesar esa mañana la enfermiza mente del boxeador. Necesitaba una vez más escapar, sentirse a salvo de esa cárcel invisible construida a base de barrotes de intolerancia y desprecio que lo habían confinado toda su vida. Resulta curioso que la humanidad en su conjunto manifestase, sin que Emile lo hubiese siquiera solicitado, el infinito acto de generosidad que suponía perdonar a este pobre hombre de haber matado a base de golpes en el ring a Bennie y, por el contrario, no hiciera lo mismo con su condición sexual, hasta sus últimos días. Emile murió en soledad y en la más absoluta pobreza el 23 de julio de 2013; esa fue su llave, la única posible, que lo liberó finalmente de su encierro para sentirse libre y en paz consigo mismo. 

miércoles, 10 de julio de 2013

El advenimiento

La angosta negrura se cernía sobre él. El grito desgarrador de un lobo no hizo más que agrandar la inquietud  de su corazón. Todo estaba ya consecuentemente preparado; las velas en forma de estrella, un monje de capa negra que presidía el acto, la muchedumbre susurrante portando también capa aunque de distinto color, y una pila donde debía suceder todo.
El monje con su cutural voz de ultratumbla le habló:

- Acércate aquí a la fuente de la sabiduría máxima Fangarian hijo de Oblivion, ¿vienes aquí libre y voluntariamente?
- Si, lo hago, -- pronunció el chico
- ¿Juras lealtad a la causa y a tu Jefe Supremo aunque en el intento te alcance la muerte?
- Si, Juro
- Desde este preciso instante serás coronado como político del Partido Azul. Podrás expropiar, confiscar, malversar caudales públicos y cometer todo tipo de tropelías si tu Jefe Supremo te lo manda. Anda y sírvete de tu pueblo que espera tu advenimiento.
 

Microrrelato "El Acusado"


El ecléctico y pusilánime acusado se hallaba acorralado y a los pies del cadalso en esa sala de vistas, donde con absoluta certeza iba a resultar condenado. 
El Guardia Civil, como testigo implacable, y un insigne Fiscal que apodaban el “aguja” por su extrema delgadez, e hiriente en la manera de manejarse con la toga puesta, tutela de los perjudicados y brazo ejecutor de los que osaran infringir la Ley, le llevaban al convencimiento de su trágico final. 
Una sensación nauseabunda por su desamparo se apoderó irremediablemente de él; de su frente comenzaron a brotar gotas ingentes de sudor frío sin control; deseaba que todo fuese un sueño y que ese episodio no fuera real. No tuvo tanta suerte. 
Su imberbe y tartamudo abogado defensor de oficio y el rostro impasible del Juez sentenciador acabaron de desmoronar su vana esperanza. 
“Póngase en pie y acérquese al micrófono, ¿cómo se declara?

viernes, 31 de mayo de 2013

Atando cabos (primera parte) revisada


John Brown, empresario retirado, se encontraba ante la noticia que sin lugar a dudas podía truncar para siempre su existencia en la consulta del prestigioso médico Oncológico Mr. Julius Lloyds, a partes iguales frío y seco en cuanto a su carácter y forma de ser como un extraordinario Doctor; se decía por los corrillos de la Clínica que si la enfermedad tenía cura él era tu hombre. 

El empresario, aparentando sosiego pero con cierto grado de incertidumbre, le preguntó no sin tartamudear al principio 

— ¿Es grave Doctor?, ¿tiene cura?—, ante lo cual el Doctor con ese flequillo canoso que le daba un aire de aristócrata transnochado le espetó con la seriedad que le caracterizaba 

— John, debo decirle desgraciadamente que lo que Usted padece no tiene solución, aunque quisiéramos no podríamos extirparle el tumor que se encuentra alojado en su cerebro, es muy grande. A partir de este momento, según mi modesta opinión y no quiero pecar de insensible, debe arreglar sus papeles con premura, debe atar cabos sueltos antes de que…—. El buen Doctor se quedó mudo, en silencio, como si no quisiera pronunciar la palabra fatídica, palabra que nunca llegó a salir de su boca pues el empresario  le interrumpió con otra pregunta propia de un hombre impaciente como John era

— ¿Cuánto tiempo me queda de vida?—, y el Oncólogo agachando su cabeza y sin poder mirarlo a los ojos le contestó casi sin dudar, como si tuviera aprendida de muchos años la respuesta

— Dos meses, a lo sumo tres.

A John le hacía mucha gracia aquel chascarrillo del siempre genial Woody Allen que sugería las dos palabras más bonitas de escuchar "es benigno”. Fue en ese momento cuando sin pretenderlo no pudo evitar pensar en ello y sonreír levemente, probablemente por última vez por la ironía macabra del destino que suponía esta situación.

El empresario, después de pasársele millones de cosas por su cabeza en cuestión de segundos, se levantó y le agradeció afectuosamente al Doctor sus servicios marchándose como alma que lleva el viento de la consulta. Todo ello lo hizo por instinto, mecánicamente, no podía discernir claramente en otra cosa que no fuera la muerte, en el fin más sombrío, y en ese fuerte dolor de cabeza que no le abandonaba desde hacía varios años. No supo poner en pié cómo salió de aquél lugar ni cómo anduvo varios pasos más allá antes de desmoronarse como un castillo de naipes en el primer banco del parque que halló; lloró desconsoladamente y sin parar durante minutos que le parecieron eternos, y esas lágrimas de angustia y desesperación se tornaron casi sin pretenderlo en una profunda paz, una paz absoluta consigo mismo. 

      Ahora, lo más importante para él una vez asumido ese golpe duro de digerir era seguir el consejo de su médico, debía arreglar las cosas, atar cabos.

Con una vitalidad inusitada para un hombre de 61 años, recorrió las calles a grandes zancadas con dirección a su casa, un palacete de 300 metros cuadrados de piedra y recuerdos, donde debía pensar qué hacer para que todo quedara en orden. 

Lo primero que hizo nada más abrir el amplio portalón de entrada fue dirigirse curiosamente hacia su lugar favorito de la casa, como no su biblioteca, habitación donde pasaba las horas muertas leyendo, escribiendo notas en el mayor de los casos sin sentido, o simplemente garabateando sin un motivo claro; en definitiva pasando el tiempo libre que el trabajo y sus quehaceres le permitían; John ya no trabajaba, sencillamente no le hacía falta, vivía de las rentas que le generaba la venta tiempo atrás de su exitosa empresa textil. 

Tomó el papel y la pluma de las grandes ocasiones y  cuidadosamente comenzó a trazar unas líneas con su caligrafía perfecta:

"Cosas ineludibles antes de morir:
Primero.- El testamento". 

En este punto frenó sus ansias desaforadas por seguir escribiendo. La verdad sea dicha era que este tema, afortunadamente, había ya quedado finiquitado hacía varios años; tomó la decisión  tiempo atrás en la Notaría más cercana a su residencia, para no quebrarse mucho la cabeza, de dejarle todos sus bienes, ya que no tenía esposa ni hijos, a partes iguales a sus hermanos Rufo, Gandolfo y Suzanne, a excepción del Bentley, joya automovilística donde las haya, que le había prometido, sabiendo lo que hacía, a su sobrino favorito, hijo menor de Gandolfo llamado Charles; Charly, que era como cariñosamente lo llamaba, era un chico entradito en carnes, tímido y enormemente inteligente. No se parecía físicamente a él pero eso no era óbice para recordarle que probablemente muchos de los agravios sufridos por ese chico por su obesidad los padeció John aunque por otros motivos. Eso y, que demonios, le caía de puta madre.

Puso una señal de realizado y siguió escribiendo:

"Segundo.-  Hablar con la familia del suceso". 

Posiblemente eso fuese lo más difícil para el empresario, pues siempre había sido una persona reservada; pensaba que si no hablaba de sus problemas y se dedicaba a resolverlos, su familia no sufriría en exceso y también le serviría para no remover algo que le iba a hacer daño, algo que sencillamente odiaba; le repugnaba comentar lo que podía preocuparle ya que demasiado tenía con que tal o cual problema se quedara en su cabeza para luego encima tener el esfuerzo ímprobo de tenerlo que explicar. En esta ocasión la diferencia estribaba en que si hablaba de ello los demás podrían sentir lástima por él, sentimiento que por nada del mundo deseaba que le ocurriera, por lo que, y después de haberlo sopesado durante varias horas, decidió que lo mejor sería no contar la noticia y que cuando ya fuera evidente al tener que ingresar al hospital para pasar sus últimos días ya no sería necesario ningún tipo de explicación. Sí, con enorme decisión escribió en su papel.

"Segundo.- Hablar con la familia del suceso: No lo haré, no quiero hacer sentir lástima a nadie.".

Un vez hubo plasmado eso y con un peso de encima menos, con trazo firme siguió con su tarea 

"Tercero.-". 

Dios, pensó, “¿no tengo un tercer punto?, ¿ha sido tan triste mi existencia que ni siquiera he dejado cabos sueltos?”. 

Entonces, sin conocer la razón, le vinieron a la mente, como cuchillos afilados, ciertos recuerdos difíciles de explicar, sucedieron hacía muchos años cuando su adolescencia llegaba a su fin; John era ya un adulto pero sus actos no decían lo mismo, había enamorado a mujeres y luego las había dejado sin compasión, las recordaba muy bien; Julia, su primer amor, y Constanza; qué mal se portó con ellas, las dejó sin más y ni siquiera tuvo la deferencia de disculparse por su actitud ni les dijo la razón cierta por la cual las dejaba.

Desde ese preciso instante, reflexionó John, ya tendría ese tercer punto, dedicaría lo poco que le quedara de vida al objeto de encontrar a esas mujeres y pondría todo su empeño y dedicación para pedirles, de rodillas si hiciera falta, humildemente disculpas, no cejando en el intento hasta que ellas le perdonaran; sería un feliz broche a su triste final. 

Escribió en su papel 

"Tercero.- Disculparme con Julia y Constanza, personas a las que hice tanto daño."

domingo, 12 de mayo de 2013

La cara (capitulo dos). La revelación.


Aquella noche David no durmió tan plácidamente como en él era habitual. Numerosas pesadillas de catástrofes y lugares sombríos martilleaban, incesantemente y sin compasión, su cabeza. En todas ellas intentaba escapar, evadirse de un peligro inminente. La sensación de agobio no le abandonaba en ningún momento, quizás presagiando lo que finalmente iba a sucederle. 

Debían de ser las ocho de la mañana. Los rayos de sol, sin ninguna compasión para el durmiente, se escurrían tímidamente por las rendijas de la persiana de su dormitorio, inundando toda la estancia y, pensó David, que ya era hora de levantarse y aprovechar  al máximo posible ese sábado. Abrió un ojo, luego el otro. Le costó enfocar unos segundos su mundo hasta que se presentó ante sí, con una nitidez inigualable, lo que en apariencia era un rostro fantasmagórico de una mujer joven y hermosa mirándolo fijamente a escasos treinta centímetros. La expresión de su cara era de sufrimiento y dolor; sus ojos eran grandes y redondos inyectados en sangre, su nariz puntiaguda con labios estrechos y morados, dejando sobresalir unos incisivos amenazantes; su cabellera de un color oscuro indeterminado suelta al viento y su piel tan blanca que parecía como fabricada de porcelana. Lo más inquietante de todo ese sin sentido pudiera ser que se manifestó sin un cuerpo, físico o etéreo, que lo sustentara.

David intentó moverse, gritar, pero de sus cuerdas vocales no surgió, por más que hizo el intento, el más mínimo sonido ni sus músculos respondieron a la llamada de socorro de su cerebro. Un terror incomparable recorrió sin esfuerzo cada parte de su tembloroso organismo en una sinfonía macabra de desesperación. No pudo hacer otra cosa que cerrar los párpados y pensar sin mucha fe que se fuera de una vez. Al volver a abrirlos, y como por arte de magia, allí frente a él ya no había nadie.

Se levantó de la cama con pesadumbre. Se dirigió al baño y se lavó la cara con tal violencia como para engañarse a sí mismo de que de ese modo podía borrar de su memoria todo lo acontecido minutos antes. Ni que decir tiene que no pudo conseguirlo. Alzó la vista para mirarse al espejo, pudiendo comprobar que su expresión de pavor aún no se había ausentado, aparte de unas ojeras visibles a leguas. 

Preparó el desayuno con la rapidez y experiencia del que lo hace todos los días. Café caliente y unas tostadas con mantequilla eran su dieta habitual a esas horas. Se sentó a la mesa del comedor con todo listo y dispuesto pero no pudo probar bocado: aquella cara terrorífica se había incrustado en su mente como a fuego y, cada objeto de la casa, cada lugar donde fijaba la vista, sin quererlo, le recordaba a ella.

En las tareas señaladas por David con una cruz roja para ese sábado nefasto se encontraban las de hacer la colada, limpiar el polvo del salón y arreglar la lamparita de su mesita de noche, que se afanaba por no funcionar un día sí y otro también, sin olvidar de hacer la compra semanal para que la despensa y el frigorífico quedaran llenos. David, que no deseaba pensar en nada, se dispuso a comenzarlas una a una, pero por más que se afanaba en cumplirlas no llegaba a terminar ninguna de ellas. En su intelecto se apilaban desordenadas innumerables preguntas sin respuesta: ¿quién era esa mujer?, ¿la conocía?, ¿había alguna razón para que se le apareciese?, ¿la conseguiría ver de nuevo?, ¿necesitaría su ayuda o simplemente deseaba hacerle daño?, ¿sería capaz de decirle algo si la volviera a ver?.

El Jefe de Marketing se vistió con lo primero que encontró en su armario, no estaba para perder demasiado el tiempo, y salió a la calle con la firme intención de averiguar si en su piso, con anterioridad a que él llegara, había vivido una chica joven como la de su visión. En esos momentos le pareció que era lo más sensato. Lo primero que se le ocurrió fue  interrogar, sin que se notara mucho su inquietud, al portero del edificio. Alfred, como se llamaba, era un tipo de mediana edad, pelo canoso, ojos pequeños y chisposos y expresión siempre servicial, aunque en la práctica eso no fuera del todo cierto. Se hallaba como todas las mañanas en su casetilla de la entrada, a modo de garita, ojeando una revista.

— Alfred, buenos días, perdone que le moleste. Hoy me he levantado con una curiosidad y usted probablemente pueda ayudarme.
— Dígame Señor Templar, ¿qué se le ofrece? — pronunció el portero con la sequedad que le caracterizaba y con ausencia absoluta de interés.
—  Me preguntaba si había conocido a los inquilinos que vivieron con anterioridad en mi piso. He encontrado escondido un objeto que probablemente sea de ellos y quisiera devolverlo.
— ¿Un objeto?, ¿de qué se trata?, ¿tiene algún valor?.
— Alfred, eso no es significativo ahora; lo importante para mí es saber qué personas moraron en mi vivienda y, si es posible, el lugar donde viven en la actualidad — expresó David con la seriedad que sólo un ejecutivo podría aplicarle a la frase.
— Señor, llevo en mi puesto escasos cinco años y cuando me contrataron creo recordar que su piso se encontraba vacío y sin inquilinos hasta que llegó usted. No creo que pueda ayudarlo, y ya que lo siento mucho. Que tenga usted un buen día — dijo el portero y, sin inmutarse lo más mínimo, bajó la mirada nuevamente para seguir leyendo esa revista a la que tanto tiempo dedicaba.

Se encontraba en punto muerto, en una vía sin salida. Necesitaba contárselo a alguien para tener una segunda opinión; una persona inteligente, lógica y coherente que trazara, con la objetividad que requería el asunto, el camino a seguir. A David no se le ocurría nadie que pudiera ayudarle en su difícil y angustiosa situación. Bueno, eso no era del todo cierto; sí la conocía y tenía nombre y apellidos, Sara Pebble, pero la cuestión ahora era decidir si sería una buena idea contarle todo lo ocurrido después del rotundo fracaso sufrido la noche anterior.