viernes, 9 de agosto de 2013

La cara (capítulo 3). El encuentro

A David le costó mucho decidirse a llamar a Sara. Por un lado, se encontraba ansioso e incluso excitado de volver a escuchar la voz de la dulce muchacha; por otro, nervioso por cómo iba a reaccionar y por si era buena idea el contarle lo sucedido. Se armó de valor y descolgó su teléfono, marcando con dificultad los números de su compañera.

-- ¿Dígame? -- Dijo Sara con curiosidad por conocer quién era su interlocutor.

-- Hola, Buenas tardes, Sara. No sé si sabes quién soy, David Templar -- pronunció el Jefe de Marketing con evidente apuro y desconfianza en su tono de voz.

Sara se sorprendió al recibir la llamada de David después de lo ocurrido la noche anterior. No le cuadraba ese presunto interés en ella tras su desplante. Igual las habladurías se equivocaban y David no era lo que ella había pensado que sería; quizás fue muy injusta con él. De hecho, se encontró tan a gusto en su compañía que podría decirse que deseaba haber errado en su percepción.

-- Ahh, Hola David, qué sorpresa, ¿qué se te ofrece?.

-- Sara, a ver cómo te lo explico. Necesito verte. Me ha ocurrido una cosa muy extraña esta mañana y quería saber tu opinión.

-- ¿Extraña?, ¿cómo de extraña?. Supongo que ahora me vendría bien un café y me lo cuentas; no puedes dejarme con la intriga. ¿Conoces la cafetería Wilson en la calle Churchill?. Es una cafetería que me encanta -- expresó Sara con esa naturalidad tan característica de su personalidad.

-- Sí, la conozco; perfecto, ¿a las cinco y media es buena hora?.

-- Genial y, por cierto, me ha gustado mucho que me llamaras. Hasta dentro de un ratito.

Una vez pronunciadas esas palabras, Sara se arrepintió inicialmente de la sinceridad demostrada pero, al fin y al cabo, era la verdad y la chica podría pecar de prejuzgar a las personas o de mostrar una coraza a los hombres para evitar sufrir el rechazo, pero la franqueza no estaba dentro de sus defectos, aunque no lo manifestara la noche anterior.

A la hora señalada David se encontraba esperando en la puerta de madera color rojo de la entrada de la cafetería, y al llegar Sara pasadas las cinco y cuarenta se preocupó sobremanera al ver su expresión; era una mezcla entre pavor y seriedad que no vaticinaba nada bueno. Se saludaron de modo cortés a la manera inglesa y se sentaron al fondo, en la única mesa que se encontraba libre del local. David le ofreció a Sara la silla para sentarse, como todo un caballero. Una vez ambos se acomodaron en sus respectivos asientos, David comenzó a hablar.

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