domingo, 13 de noviembre de 2011

Atando cabos (cuarta parte)


Julia, dejando traslucir unos sentimientos anteriormente dormidos, miró a John a los ojos y con expresión apenada comenzó a hablar: John, me hiciste mucho daño, casi me destrozaste la vida, ¿supiste siquiera que pasó conmigo tras la ruptura?, ¿te enteraste que me llevé como cinco años sin ganas de vivir, sin querer hacer nada?, por aquel entonces perdí tanto peso que los médicos dudaron seriamente de que pudiera recuperarme, el mal de amor no se cura si ella no lo quiere, decían, me cambió totalmente el carácter, me volví huraña, no quería hablar con nadie, no quería relacionarme con nadie, no quería comer, sólo quedarme en la cama y llorar en silencio. Tonta de mi, creí que me querías y que nada ni nadie podría separarnos pero la triste y cruda realidad cayó sobre mi conciencia sin remisión, poco a poco me iba dando cuenta que lo vivido era una burda fantasía, que tu nunca me habías querido y que habías jugado conmigo, eso fue lo más duro, incluso pensé que mi vida no tenía sentido e intenté quitármela, mi torpeza y la suerte probablemente hicieron que no tuviera éxito en ese empeño. 

Descansó unos segundos y ahora más pausada prosiguió: Mi familia, al comprobar que no iba a mejorar si me quedaba entre esos muros de la casa familiar, decidieron cambiar de residencia y comenzar una nueva vida, lo hicieron por mí, lo hicieron por mi vida, pasé varios años fuera de Europa en compañía de los míos, de los que nunca me fallaron, mis padres. Empecé muy poco a poco a comer, a salir, a relacionarme con los demás, y fui yo quien tomó finalmente la decisión de volver, no podía ser tan egoísta de separar a mis padres de su tierra y de los amigos ganados con tesón durante toda una existencia, ya me encontraba mucho más fuerte, con más ganas, me recuperé en apariencia aunque el daño ya estaba hecho, incluso me juré a mi mismo que nunca más me enamoraría, y a fuerza que lo cumplí hasta que llegó a mi vida casi por casualidad un hombre bueno que me quiso sin condiciones, sin pedirme nada a cambio, Ignatius, mi marido. Julia, dejando traslucir sin poder evitarlo unas lágrimas de desconsuelo que se derramaban por su piel blanca e inmaculada y con una tristeza en los ojos que John no había visto antes, le dijo: ¿Me preguntas si puedo perdonarte? No, no puedo hacerlo.

Ante la rotundidad de las palabras de Julia y el profundo pesar que había puesto en ellas, John se encontró completamente indefenso como caballero que se enfrenta a su rival sin más armas que su escudo y su armadura de parapeto, no tenía argumento capaz por si solo de voltear la decisión tomada más que exponerle la verdad, no quería hacerlo, no deseaba mirarse y sentir lástima en los ojos llorosos de la que fue su amada pero no le quedaba más remedio y así lo hizo: Julia, no pretendía decírtelo pero me muero, la razón de que esté ahora aquí después de tanto tiempo tiene una explicación, tengo un cáncer maligno en el cerebro que crece día a día, no me queda mucho tiempo de vida y si salgo de esta casa sin tu perdón el sentimiento de culpa que desgarra como cuchillas afiladas mis entrañas acabará conmigo, fui un niñato, un gañán, un maldito inmaduro y todos los insultos que se te ocurran, me los tendré bien merecidos, me equivoqué y lo he pagado toda mi vida, te hice mucho daño, un daño que no merecías y te aseguro que si pudiera volver atrás en el tiempo te hubiera hecho la mujer más feliz de la faz de la tierra, pero no puedo hacerlo, por favor dime que me perdonaras o de lo contrario me moriré no del tumor y si de la pena. Ambos se abrazaron y lloraron como si no hubiera un mañana, no se dijeron nada más, no hizo falta, John había conseguido su perdón pero no se sentía curiosamente feliz, lo que pudo sacar en claro de su visita a Julia es que los actos dan lugar a consecuencias, algunas más dañinas que otras, y que su vida no había valido para nada más que para crear mal y destrucción, sus logros, que los tuvo y muchos, sobre todo a nivel profesional, se empequeñecían ante la imagen vil de un ser capaz de poder cambiar la vida de otra persona hasta hacerla casi perecer o modificarla irremediablemente para siempre.   

Falta de valores


Esta última semana hemos asistido despavoridos ante una noticia que se hizo eco en muchos periódicos y programas de televisión, una señora cuyos hijos se encuentran parados devuelve una cartera a su legítimo dueño conteniendo la friolera cantidad de 16.000 Euros.

Este hecho me ha dado mucho que pensar, la noticia era que la ha devuelto, vamos que nos estaban diciendo desde todos los puntos informativos que esta buena señora se volvió loca con este gesto tan altruista. Ciertamente, estamos viviendo unos años de absoluta falta de valores, la honradez, el honor, el cumplimiento de la palabra dada, el no engañar ni mentir, el no quedarse con algo que no es nuestro, son, a mi modo de ver, virtudes que no aparecen en los actuales libros de texto, forman parte de los libros de historia, sencillamente no existen, y todo esto tiene mucho que ver, a mi modo de entender, con nuestro sistema educativo y más aún en los valores que en la actualidad conculcan unos padres a sus hijos, padres que están tan ocupados en sus quehaceres laborales y en amasar dinero para comprarse el mejor coche o la mejor televisión que descuidan una parte importante de la educación de sus hijos, y trasladando esta idea al resto de la sociedad en general, lo único que se consigue es que la misma en su conjunto se encuentre viciada, corrupta.

En este punto deseo poner un ejemplo descriptivo de lo que ocurre actualmente en la sociedad, según yo lo veo, antes cuando yo estudiaba en la clase solía haber un niño o a lo sumo dos que podríamos denominar de “malos” o “traviesos”, niños que no estudiaban ni querían aprender, eran la manzana podrida, la excepción. Ahora, me temo, la manzana podrida ha contagiado a la cesta y lo que antes era la excepción se ha convertido casi sin darnos cuenta en la regla general, y mis preguntas y las que todos deben hacerse a partir de ahora son ¿queremos realmente entre todos cambiar esto?, ¿es demasiado tarde?. 

domingo, 30 de octubre de 2011

Aviso a navegantes

     Aviso a los lectores de mi blog, a partir de ahora no publicaré más artículos sobre una de mis aficiones, el fútbol y el Sevilla F.C. Todos los artículos que pueda hacer desde este momento sobre esta temática los publicaré en la página www.elsevillista.net, derivado de la colaboración que mantengo con este blog, dedicando todo mi esfuerzo para "Las cosas de jacstite" en la creación de artículos de opinión o relatos cortos y, en definitiva, para todo lo que se me ocurra y desee que sea escrito.

sábado, 15 de octubre de 2011

Los anónimos

Estas semanas hemos vivido atónitos como grandes hombres han fallecido, me refiero a la muerte de Steve Jobs, ex-CEO de Apple, y Dennis Ritchie, creador entre otros logros del lenguaje de programación Unix y lenguaje C. Eran personas que no conocíamos, con los que nunca habíamos conversado y no nos ligaba a ellos ninguna relación ya sea personal como profesional, pero no obstante le reconocíamos su valía, su lucha por lo que creían había tenido recompensa, probablemente casi sin habérselo propuesto habían cambiado el mundo como ahora lo conocemos, y debo reconocer que como yo otros han sentido sus muertes.

Este artículo no va dirigido a ellos y si me quiero referir y detenerme a reflexionar en los tantos y tantos hombres o mujeres anónimos que han fallecido, que han dejado parejas, amigos, hijos o nietos sin el consuelo de su compañía. Estos “anónimos” sin duda no han creado sistemas de comunicación entre el hombre y la máquina, ni tampoco han sabido divisar el futuro de la informática haciéndola presente y asequible para todos, éstos para mi también son importantes, son los que alguna vez nos trajeron el pan o la leche a casa, los que con su esfuerzo lograron atajar la avería del baño, los que lograron que pudiéramos ver la tele anteriormente estropeada, los que nos vendieron el periódico cada mañana, aquellos que nos convencieron con sus sabios consejos para tomar un camino determinado en la vida cuando sin sus palabras nos hubiéramos equivocado, en definitiva estos hombres y mujeres son merecedores como los que más a recibir el reconocimiento y agradecimiento de todos y, desde mi humilde blog les hago este homenaje sincero a unos “anónimos” con respecto al resto de la humanidad que como Jobs o Ritchie hicieron con su esfuerzo callado un mundo mejor.

sábado, 8 de octubre de 2011

Atando cabos (tercera parte)


John se encontraba tremendamente excitado y nervioso en el tren mientras viajaba camino de encontrarse con su amada tiempo atrás Julia; Intentaba, como si un discurso de investidura se tratara, memorizar palabra por palabra, frase por frase lo que quería decirle y que sonara bien, pero tenía cierta inquietud y desasosiego por el hecho de desconocer la reacción que ella pudiera tener al escuchar de su voz esas palabras, y eso lo ponía enfermo casi más que el dolor de cabeza que nunca le abandonaba, lo que si tenía claro es que no iba a marcharse del lugar sin que ella lo hubiese perdonado. De ese modo, la media hora que duraba el trayecto se le pasó tan rápido que cuando quiso darse cuenta el tren de cercanías ya había llegado a la estación de destino.

John conocía con todo lujo de detalle donde vivía Julia, siempre y cuando su buen amigo Irving no hubiera equivocado la dirección, Borgiueau, era la localidad donde había nacido y pasado toda su infancia y adolescencia hasta que decidió marcharse a la capital a estudiar empresariales, con períodos puntuales de estancias cortas en la casa que fue de su familia, por lo que aunque habían pasado como veinte años desde la última vez que estuvo allí, John pensaba que su pueblo, pequeño en extensión pero grande en vivencias, no había cambiado lo suficiente como para perderse por sus plazas y calles estrechas. Eso pensó hasta que se aproximó con paso firme a su Plaza Mayor, el centro del pueblo, comprobando, no sin satisfacción, que Borgiueau era otro, se había transformado en algo más moderno pero sin perder, a su entender, la idiosincrasia tan característica de aquella zona del norte de Perteñan. La Plaza parecía como si hubiese crecido a lo ancho y a lo alto a como la recordaba, su fisonomía rectangular se había modificado introduciendo arquitectura de casas de de dos plantas de hermosos ventanales y balcones de hierro forjado, a cada cual más singular, que la dotaba de un halo especial de romanticismo que impregnaba cada lugar al que el visitante quisiera fijarse. John enfiló la calle del fondo de la plaza y a escasos 150 metros se mostraba grandioso un caserón de robustos pilares y un enorme portalón de madera que flanqueaba la entrada, sin dudar un momento esa debía ser la casa que había venido a buscar. John, con expresión tensa en su rostro, respiró hondo unos tres segundos y tomó la decisión de llamar a través de un extraño y hermoso llamador de hierro que se asemejaba a un querubín alado. Toc Toc, sonó un ruido seco pero intenso que hizo despertar la aparente tranquilidad del lugar, se oyeron unos pasos y la puerta lentamente se abrió.


¿Que desea?, contestó de manera cortés y educada un hombre de mediana edad, alto y fornido pero a la vez delgado, con poco pelo y con una expresión en el rostro que denotaba cierta nobleza, se podía decir que en apariencia tenía una cara de buena persona, inspiraba confianza, a lo que John le contestó: Perdóneme, buenas tardes, me llamo John Brown y vengo buscando a una vieja amiga, Julia Swchumith, me habían comentado que vive en esta dirección. Entonces el tono de voz del hombre se tornó más grave y sus ojos comenzaron a transmitir una mezcla de tensión, temor e ira difícilmente descriptible; el hombre, tomándose unos segundos antes de contestar empezó a hablar: Se muy bien quién es usted, mi esposa Julia me habló de lo que pasó entre vosotros y no se si ella querrá hablar con usted después de lo ocurrido, y si le soy sincero si me preguntaran mi opinión yo no permitiría que la viera, no obstante espere aquí en el rellano a que hable con Julia.

Habiendo transcurrido perfectamente varios minutos que a John le parecieron eternos, el hombre de nuevo volvió y con cara de pocos amigos le dijo: Acompáñeme, Julia le recibirá, ella está en el jardín de detrás de la casa; cuando hubieron llegado al jardín, el hombre se dio media vuelta y sin pronunciar una sola palabra se marchó, dejando solos en la estancia a Julia y a John.

Julia, abandonando plácidamente en el suelo una planta de bonitas hojas a la que había cortado sus tallos secos miró a John como si quisiera escudriñar las razones ocultas de encontrarse allí, y con actitud fría y seca le dijo: John, ¿que haces aquí después de tanto tiempo?, ¿que debo esperar de tu visita?. John, que pretendía recordar las palabras que momentos antes en el tren había memorizado, no podía dejar de mirarla, la jovencita inocente de antaño se había convertido en una señora que no había perdido un ápice de su extraordinaria belleza, su pelo rizado algo grisáceo pero deslumbrante, sus ojos con la misma tonalidad de azul, en definitiva todo su rostro resplandecía como una diosa a la que adorar, lo cual llevó a John a un estado entre la nostalgia y el sentimiento de culpa que le impidieron ni tan siquiera recordar lo que con tanto entusiasmo horas antes repetía, no le quedaba otra que improvisar, y armándose de valor así lo hizo: Julia, he venido aquí expresamente a verte para decirte algo muy importante, ya se que puede ser demasiado tarde, treinta y ocho años tarde, pero debía venir, no podía dejarlo por mas tiempo, es mi deseo pedirte perdón por todo el daño que te hice, fui un insensato y un inmaduro, probablemente no te mereciera, pero ya no puedo cambiar el pasado, yo te quería incluso cuando te dejé, que imbécil dejarme influenciar por el que creía mi amigo Henry, eso lo supe después. He pensado mucho en ti todos estos años, a mi vida de éxitos profesionales siempre le faltó una mujer que creyera en mí y me quisiera, tuve otras mujeres, no puedo engañarte, pero con ninguna de ellas pude sentir lo que sentí contigo. No he venido aquí para llevarte conmigo y revivir el amor que yo con mi inmadurez me cargué, que osadía sería, ya se que estas casada y seguramente seas muy feliz en tu matrimonio, no es eso, solo quiero dejar atrás la carga de culpa que corroe mi corazón, y ésta únicamente puede redimirse con tu perdón, Julia, por favor, ¿puedes perdonarme?.

jueves, 6 de octubre de 2011

Jobs no ha muerto

Este post esta dedicado al gran Steve Jobs y no, no me he equivocado, los grandes genios realmente aunque no estén con nosotros seguirán vivos en nuestro recuerdo, en las cosas que intentaron y con esfuerzo consiguieron, en las obras que en vida lograron sacar adelante.

Mi articulo es un homenaje, humilde eso si, a un gran hombre, a la persona que por si solo nos ha hecho cambiar la concepción que teníamos de la informática y de los aparatos electrónicos, y con su esfuerzo y dedicación supo influenciar a muchas generaciones aunque no tuvieran la suerte de conocerlo, por eso yo le digo GRACIAS, y lo hago a conciencia desde un IPhone 4.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Atando cabos (segunda parte)

Aquella noche John no podía dormir, todo lo acontecido aquel día, los nervios, la angustia de su pronto final y la misión que se había propuesto llevar a cabo no le dejaban conciliar el sueño, los recuerdos le martilleaban sin cesar en su cabeza, instantes de una vida mejor cuando aún era joven y el mundo se postraba a sus pies como pidiendo clemencia, Julia, la bella Julia, después de tanto tiempo se mostraba ante sus ojos como aquella cria inocente pero con una madurez impropia de su edad, y sin saber como John empezó a recrear de nuevo su historia con Julia antes de finalmente caer rendido ante los brazos de Morfeo.

John conoció a Julia en una calurosa mañana de domingo a la salida de misa, nada más verla supo que tenía que hablar con ella, su pelo negro, corto y rizado del cual pendía un pequeño tirabuzón que le caía graciosamente por su cara pecosa, parecería visto por un observador avezado como si jugara con el viento, como si ambos (cabello y viento) tuvieran un acuerdo secreto para que aunque rugiera sin control, como era el caso, su pelo se manifestara a la vista de todos perfecto. John, a la edad de 21 años era un chico alto, delgado y corpulento, no excesivamente guapo aunque se podría decir que era bien parecido, lo cual unido a su exquisita educación, cultura y sus dotes lingüísticas innatas le comportaban un atractivo difícilmente explicable pero que en definitiva le resultaba provechoso para su trato con las mujeres. Al acercarse a ella, la aparente belleza que Julia desprendía de lejos se hizo aún más patente al vislumbrar con mayor detalle esos ojos grandes de un azul claro precioso que la hacían irresistible; John se presentó y le indicó si era posible invitarla a un café pues esa mañana tan soleada merecía ser disfrutada, esta frase en boca de John no sonó en modo alguno descortés o vulgar, más bien todo lo contrario, y Julia, solicitando permiso a sus padres que estaban a su lado, asintió mostrándose por primera vez en ella esa media sonrisa suya tan característica y que a John le gustaba tanto. Desde ese instante se hicieron inseparables.

Estuvieron juntos como dos años y aunque pudiera parecer poco, para John esos años marcaron para siempre su existencia, podría decirse que Julia fue su primer y gran amor de su vida, John siempre fantaseaba con la idea de que algún día se encontraran de nuevo, casi por sorpresa, y el amor que antaño los había unido volviera a unirlos ahora, pero su afanosa vida y su ambición desmesurada nunca le permitieron pararse a pensar en lo verdaderamente importante, acostarse a la noche y levantarse al día siguiente al lado de la mujer amada; La razón de la ruptura fueron en cualquier caso la inmadurez de John al no saber lo que quería en esos momentos y la mala influencia de su amigo Henry, a partes iguales una gran compañía con el que poder ir de fiesta y un egoísta empedernido, y para Henry, Julia, más que ser la novia de su amigo a la que mostrar respeto e incluso cariño la veía como una enemiga con la que luchar para no encontrarse solo en las noches de viernes o sábado, hasta ahí llegaba su instinto competidor.

Henry, gran orador y extremadamente inteligente, sabía que si hablaba mal de Julia sin más a su amigo John para conseguir su objetivo, éste acabaría por enfadarse definitivamente con él, por lo que trazó un detallado plan en su cabeza, más propio de un estratega de la guerra que otra cosa, con el fin de ir minando poco a poco la conciencia de John y sus sentimientos hacia Julia, y a fuerza que lo consiguió con frases “con lo bien que estarías tu sólo y poder estar con la chica que quisieras”, “ella no te comprende”, “es una buena chica pero frena tus posibilidades con otras mujeres”, así día tras día, día tras día hasta que John convencido de lo que hacía habló una tarde con Julia cuando el verano llegaba a su fin, recordaba cada frase, cada expresión, los ojos llorosos de Julia al decirle que quería hacer otras cosas, estar con otras mujeres y estando con ella eso no podía hacerlo, su mirada de mujer dolida, el recuerdo de todo aquello le hizo tanto daño a John que rompió a llorar sin cesar, no comprendía lo estúpido y malvado que fue con aquella chica que lo amaba sin excusas ni condiciones, era un amor puro que fue truncado sin una razón aparente por la influencia maléfica del que se llamaba su amigo pero que resultó ser un oportunista que años más tarde le perdió la vista definitivamente, y con esta sensación de quemazón en el corazón John acabó profundamente dormido.

A la mañana siguiente, después de la mala noche pasada John se levantó con fuerzas renovadas y con las ideas muy claras, sabía lo que tenía que hacer para encontrar a Julia, recordaba perfectamente su nombre completo, Julia Swchumith, apellido poco corriente y que podría ayudar a encontrar pistas sobre su paradero,  y además conocía a la persona idónea para este cometido, su buen amigo Irving, un informático loco con mucho tiempo libre, la red de redes era su mundo y no hacía falta convencerlo mucho pues disfrutaba con este tipo de encargos, quizás necesitaba un poco de acción  en su sedentaria vida y John sabía que con todo esto podría proporcionársela; Decididamente John cogió el teléfono y lo llamó.

A Irving, que acababa de levantarse, le resultó extraño el sonar desagradable del teléfono a esas horas tan tempranas, ¿quién osará llamarme a estas horas?, pensó, y al descolgar el teléfono sus dudas iniciales se disiparon, era su amigo John que iba a encargarle un trabajito. Irving, un genio de la informática y huraño en su carácter con las personas que no conocía, en cambio era generoso y se desvivía por su amigos, y John probablemente era su mejor amigo, a otros podría ponerles reparos pero a John no, cuando necesitó su ayuda John le respondió sin preguntas ni reproches, sencillamente se sentía en deuda con él, por lo que cogió lápiz y papel y empezó a escribir sus instrucciones.

El encargo podría parecer complicado para cualquier persona pero para Irving era coser y cantar, abrió su portátil último modelo y lo puso en marcha, sólo debía dirigirse al lugar adecuado de la red e introducir los datos que John le había proporcionado “Julia  Swchumith” “el pueblo de Borgiueau”, y esperar resultado, bingo únicamente apareció una Julia Swchumith en la pantalla de su ordenador y debía ser ella pues la dirección que aparecía era de la localidad de Borgiueau, anotó las señas completas e inmediatamente llamó a John para contarle la feliz noticia.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Atando cabos (primera parte)


Éste será un relato corto que se compondrá de varias partes, lo que pretendo es la realización de un ejercicio narrativo sin más, la idea de este relato viene martilleando mi cabeza estos últimos días y me apetecía sacarla a la luz, espero que os guste.

John Brown se encontraba en la consulta del prestigioso médico Oncológico Mr. Julius Lloyds, a partes iguales seco y frío en cuanto a su carácter como un extraordinario Doctor, si la enfermedad tenía solución él era tu hombre, ante la noticia que sin lugar a dudas podía truncar para siempre su existencia. John, aparentando sosiego  pero con cierto grado de incertidumbre, le preguntó no sin tartamudear al principio "¿es grave Doctor?, ¿tiene cura?, ante  lo cual el Doctor con ese flequillo canoso que le daba un aire de aristócrata transnochado le espetó con la seriedad que le caracterizaba "John, debo decirle desgraciadamente que no tiene cura, aunque quisiéramos no podríamos extirparle el tumor que se encuentra alojado en su cerebro, es muy muy grande, a partir de este momento debe arreglar sus papeles con premura, debe atar cabos sueltos antes de que…" Se quedó en silencio, mudo, como si no quisiera pronunciar la palabra fatídica , palabra que nunca llegó a salir de su boca pues John  le interrumpió con otra pregunta propia de un hombre impaciente como John era, "¿cuánto tiempo me queda de vida?", y Julius agachando su cabeza y sin poder mirarlo a los ojos le contestó "dos meses, a lo sumo tres". A John le hacía mucha gracia aquel chascarrillo del siempre genial Woody Allen que sugería las dos palabras más bonitas de escuchar "es benigno", en ese momento no pudo evitar pensar en ello y sonreir levemente, probablemente por última vez por la ironía macabra que suponía esta situación.

John, después de pasársele millones de cosas por su cabeza en cuestión de segundos, se levantó y le agradeció afectuosamente sus servicios marchándose sin más del lugar, todo ello lo hizo por instinto, mecánicamente, no podía pensar en otra cosa que no fuera la muerte y en ese fuerte dolor de cabeza que no le abandonaba desde hacía varios años. No supo discernir cómo salió de la consulta ni cómo anduvo varios pasos más allá antes de desmoronarse como un castillo de naipes en el primer banco del parque que halló; lloró desconsoladamente y sin parar durante minutos que le parecieron eternos, y esas lágrimas casi sin pretenderlo se tornaron en paz, una paz absoluta consigo mismo, ahora lo más importante para él una vez asumido ese golpe duro de digerir era seguir el consejo de su médico, debía arreglar las cosas, atar cabos.

Con una vitalidad inusitada para un hombre de 61 años, recorrió las calles a grandes zancadas con dirección a su casa, un palacete de 300 metros cuadrados de piedra y recuerdos, donde debía pensar qué hacer para que todo quedara en orden. Lo primero que hizo fue dirigirse como alma que lleva el viento hacia su lugar favorito de la casa, su biblioteca, habitación donde pasaba las horas muertas leyendo, escribiendo notas en el mayor de los casos sin sentido, en definitiva  pasando el tiempo libre que el trabajo y sus quehaceres le dejaban; John ya no trabajaba, sencillamente no le hacía falta y vivía de las rentas que le generaba la venta tiempo atrás de su empresa. Tomó el papel y la pluma de las grandes ocasiones y empezó a escribir:

"Cosas ineludibles antes de morir:
Primero.- El testamento". En este punto frenó sus ansias de escribir, la verdad es que este tema ya quedó finalizado y finiquitado hacía varios años; había decidido, ya que no tenía esposa ni hijos, dejarle todos sus bienes  a partes iguales a sus hermanos Rufo, Gandolfo y Suzanne, a excepción del Bentley, joya automovilística donde las haya, que le había prometido a su sobrino favorito, hijo menor de Gandolfo llamado Charles, un chico entradito en carnes, tímido y enormemente inteligente, no sabía como ni porqué pero le recordaba a él cuando tenía su edad.
Puso una señal de realizado y siguió escribiendo:

"Segundo.-  Hablar con la familia del suceso". Posíblemente eso fuese lo más difícil para John, pues siempre había sido una persona reservada; pensaba que si no hablaba de sus problemas y se dedicaba a resolverlos, su familia no sufriría y también le serviría para no remover algo que le pudiera hacer daño, algo que sencillamente odiaba, le repugnaba comentar lo que podía preocuparle pues demasiado tenía con que tal o cual problema se quedara en su cabeza para  luego encima tener que explicarlo. En esta ocasión la diferencia estribaba en que si hablaba de ello los demás podrían sentir lástima por él, sentimiento que por nada del mundo deseaba que le ocurriera, por lo que, y después de haberlo sopesado durante varias horas, decidió que lo mejor sería no contar la noticia y que cuando ya fuera evidente por no poder salir del hospital para pasar sus últimos días ya no sería necesario ningún tipo de explicación. Sí, con decisión escribió en su papel "Segundo.- Hablar con la familia del suceso: No lo haré, no quiero hacer sentir lástima a nadie.".

Un vez hubo escrito eso y con un peso de encima menos, con trazo firme empezó a escribir "Tercero.-". Dios, pensó, ¿no tengo un tercer punto?, ¿ha sido tan triste mi existencia que ni siquiera he dejado cabos sueltos?. Entonces, le vinieron a la mente ciertos recuerdos difíciles de explicar, sucedieron hace muchos años cuando su adolescencia llegaba a su fin; John era ya un hombre pero no se comportaba como tal, había enamorado a mujeres y luego las había dejado, las recordaba muy bien, Julia, su primer amor, y Constanza, qué mal se portó con ellas, las dejó sin más y ni siquiera tuvo la deferencia de disculparse por su actitud ni les dijo la razón por la cual las dejaba.

Desde ese preciso momento ya tenía un tercer punto, dedicaría lo que le quedara de vida para encontrar a esas mujeres y pondría todo su empeño para pedirles humildemente disculpas, y no cejaría en el intento hasta que ellas le perdonaran; sería un feliz broche a su triste final. Escribió en su papel "Tercero.- Disculparme con Julia y Constanza, personas a las que hice tanto daño."